Yo para ser feliz quiero un camión

“Yo para ser feliz, quiero un camión,

llevar el pecho tatuado,

en camiseta mascar tabaco…

Yo para ser feliz quiero un camión”

¡Yeah! Todos hemos cantado esta canción en algún momento. Según Loquillo, en los 80, esto era lo que le hacía feliz (tampoco me extraña, teniendo en cuenta lo loca que fue la década).

Quiero, quiero, quiero…” “Necesito, necesito, necesito…” “Imprescindible, imprescindible, imprescindible…” La cosa es que (casi) todos cantamos esta canción bastantes veces al día, desde el mismo instante en que abrimos los ojos por la mañana. Vivimos necesitando, cuando lo tenemos no lo valoramos, pero si lo dejamos de tener sufrimos. Algunas de esas necesidades son de cajón (comer todos los días es “imprescindible” para todo ser vivo), pero otras las vivimos como “necesidades” cuando en realidad son deseos, son cosas que nos gustarían pero que sin las cuales podemos vivir perfectamente.

Vivimos necesitando, cuando lo tenemos no lo valoramos, pero si lo dejamos de tener sufrimos.

La historia es la siguiente: en el mismo momento en que convertimos un deseo (algo innecesario pero que si lo conseguimos nos da placer), en algo que necesitamos (nos creemos que es imprescindible para nuestro día a día y por lo tanto tenerlo es algo normal, y su ausencia un sufrimiento), nos esclavizamos (debemos mantenerlo para no frustrarnos, pero en realidad tenerlo no nos aporta felicidad).

Yo para ser feliz, quiero un camión“.

“Yo para ser feliz quiero tener pareja”, “Yo para ser feliz quiero que me asciendan”, “Yo para ser feliz quiero ir a Australia”, “Yo para ser feliz quiero pasta”… ya. Y ya que estamos, ¿porqué no un Ferrari, o una bici, o la luna, o un donut con forma de unicornio? ¿Y que pasa si no lo tienes? ¿No te sentirás completo? ¿Te sentirás un fracasado? ¿Estarás triste, agotado, desanimado y frustrado? Esa es la diferencia entre una necesidad y un deseo, cuando un deseo no se cumple no pasa nada. Cuando no lo hace una necesidad… nos sentimos inseguros, insatisfechos, con miedo a perderlo si lo tenemos y a sentirnos fracasados si no lo logramos. Además, dejas de tener capacidad de disfrutarlo, porque como todos sabéis, la única manera que hay de disfrutar algo al 100%, es si no tienes miedo a perderlo, o mejor aún… cuando ni siquiera te planteas que eso puede pasar porque estás disfrutando de algo que es completamente prescindible.

La diferencia entre una necesidad y un deseo: cuando un deseo no se cumple no pasa nada. pero cuando no lo hace una necesidad nos sentimos inseguros, insatisfechos, con miedo a perderlo si lo tenemos y a sentirnos fracasados si no lo logramos.

To do list

El tema es que crear necesidades de la nada trae otro problema: postergar indefinidamente la felicidad y el bienestar. Es decir, “ahora no disfruto de la vida” porque necesito un camión para ser feliz. Cuando consiga comprarlo… ¡¡¡seré taaaaan feliz!!!, ya disfrutaré en ese momento. Pero llega el camión… y la verdad es que no es para tanto, y además tenerlo aumenta los impuestos que tengo que pagar, y además el gasoil está por las nubes, y además las reparaciones son caras, y además… ¿cuándo voy a poder conducir un camión si vivo en el centro? Lo mejor es que lo venda y con ese dinero me pague un superviaje donde seguro que conozco a mi media naranja. Ya seré feliz cuando tenga pareja… Ahora toca intentar vender el camión. Y así postergamos la felicidad real que podríamos sentir ahora mismo por una felicidad futura, una basada en algo que es innecesario y que seguro que cuando lo tengamos dejaremos de lado o cambiaremos por otra nueva necesidad. Y el tiempo pasa… y nunca nos permitimos ser felices.

¿Qué podemos hacer para que esto no nos suceda? Dos claves: 

  1. Debemos analizar si aquello por lo que sufrimos es una necesidad (imprescindible para la vida) o un deseo (algo que me haría ilusión).
  2. El segundo paso es elegir entre “ir a por ello” u “obligarse a conseguirlo”. Si elijo soy consciente de que puedo ser feliz sin tenerlo pero que me haría ilusión lograrlo. Entonces dejo de sufrir porque le quito toda la carga negativa a lo que quiero y voy hacia ello con la seguridad del que no tiene nada que perder si no lo logra. Vuelvo a tener un deseo que si se cumple me dará placer. Si me obligo, porque todos lo tienen, porque se supone que toca hacer eso a mi edad, porque de ello dependerá mi felicidad, autoestima y autoconcepto, estoy metiéndome en un bucle de ansiedad, tristeza y frustración. Y será difícil salir de ahí, porque le he dado el poder de hacerme feliz a algo que es externo a mí y que escapa de mi control, pero que viviré como incapacidad personal si no lo tengo.

Por tanto amigos míos, elegid desear y sentir placer con ello, es mucho mejor. Ahí os dejo la reflexión. Pensadlo mientras escucháis a Loquillo y cantáis el estribillo 😉

Las Psicólogas

Texto: Ana Saro

 

¿Qué opinas? Deja tu comentario

Tu dirección de email no será publicada