Síndrome postvacacional: ¿por qué me cuesta tanto volver de vacaciones?

Síndrome postvacacional: ¿por qué me cuesta tanto volver de vacaciones?

Ainsss, se acabaron las vacaciones.

Vuelven el despertador, los horarios, los correos acumulados y ese chat de padres que parece haber pasado agosto entrenando para reaparecer con más energía que todos nosotros juntos.

En teoría, regresamos con las pilas cargadas. En la práctica, hay pilas que empiezan a parpadear antes de la hora de comer.

Durante los primeros días podemos sentirnos más cansados, irritables o despistados. Cuesta concentrarse, da pereza recuperar las rutinas y cada tarea parece venir acompañada de otras siete que nadie recuerda haber aceptado.

A esta experiencia solemos llamarla **síndrome postvacacional**. Pero ¿qué significa realmente? ¿Por qué cuesta tanto volver cuando se supone que hemos descansado? ¿Y qué podemos hacer para que la reincorporación no se convierta en otro examen que debemos aprobar con sobresaliente?

¿Qué es realmente el síndrome postvacacional?

Mujer trabajando ante el ordenador mientras piensa en sus vacaciones en la playaEl síndrome postvacacional es una expresión popular que utilizamos para describir el malestar que algunas personas sienten al terminar las vacaciones y retomar el trabajo, los estudios o las obligaciones habituales.

No es un diagnóstico clínico independiente ni existe una prueba que permita confirmar que alguien lo tiene. Muchas veces estamos ante una reacción comprensible al cambio de ritmo: hemos pasado de tener mayor libertad para decidir cuándo levantarnos, qué hacer o incluso qué día de la semana es —pequeño lujo veraniego— a recuperar horarios, responsabilidades y demandas que no admiten demasiada negociación.

Esto no significa que el malestar sea imaginario. El cansancio, la apatía o la irritabilidad pueden ser muy reales. Lo que conviene evitar es interpretar automáticamente cualquier desgana de septiembre como un trastorno.

A veces solo necesitamos unos días para recuperar el ritmo. Otras veces regresamos a una rutina que ya nos estaba pasando factura antes de cerrar la maleta. Aunque parezcan lo mismo, créeme, no lo son.

¿Cuáles son los síntomas del síndrome postvacacional?

Solemos utilizar la palabra «síntomas». Sin embargo, no hablamos de una lista diagnóstica cerrada.

Al volver de vacaciones podemos notar:

Mujer cansada junto a una maleta abierta, un bolso de trabajo y un despertador* Cansancio o falta de energía.

* Apatía y menor motivación.

* Irritabilidad y dificultad para concentrarnos.

* Cambios en el sueño.

* Inquietud al pensar en todo lo pendiente.

* Sensación de funcionar más despacio de lo habitual.

Cada persona lo vive de una manera diferente. Hay quien regresa encantado de recuperar cierta organización y quien necesita varios días para abrir el correo sin suspirar antes.

Estas molestias también pueden aparecer después de una temporada de estrés, de varias noches durmiendo mal o de unas semanas especialmente exigentes. Por eso no existe un número concreto de síntomas que confirme que tenemos síndrome postvacacional.

Lo más útil es observar qué está ocurriendo y cómo evoluciona. No hace falta convertir los primeros días de vuelta en una investigación policial sobre nuestro estado emocional. Basta con prestar atención: ¿cada jornada cuesta un poco menos o seguimos sintiéndonos igual de desbordados?

¿Por qué me cuesta tanto volver de vacaciones si se supone que he descansado?

Hombre encogiéndose de hombros entre una escena de vacaciones y un ordenador portátilEsta es una de las partes que más desconcierta.

Pensamos: «Acabo de tener vacaciones. Debería sentirme descansado, motivado y preparado para afrontar septiembre». Y cuando no ocurre, nos desconcertamos.

Pero descansar y volver con entusiasmo son dos cosas distintas.

Podemos haber dormido, paseado, leído, viajado y disfrutado, y aun así desesperarnos ante la perspectiva de abrir 326 correos que, además, ya sabíamos que iban a estar allí.

Y, por cierto, no todas las vacaciones permiten recuperarnos igual. Algunas personas continúan respondiendo mensajes de trabajo. Otras pasan buena parte del tiempo cuidando a familiares, organizando viajes, resolviendo imprevistos o intentando que todos los demás descansen. Hay vacaciones estupendas que, siendo estupendas, no se parecen demasiado a estar tumbados bajo una palmera sin ninguna responsabilidad.

Al regresar también se suele dar un cambio brusco en la cantidad de demandas. Recuperamos horarios, desplazamientos, decisiones, tareas pendientes y responsabilidades que requieren atención continuada.

Durante las vacaciones muchas cosas podían esperar. Al volver, reaparecen todas juntas y, curiosamente, convencidas de que son urgentes.

A este aumento de exigencias se suma la presión que solemos imponernos: revisar todos los mensajes, resolver lo pendiente, organizar el trimestre entero y recuperar inmediatamente nuestra productividad habitual.

Todo antes del primer café, a ser posible.

Cambiar de ritmo requiere un esfuerzo de adaptación. Necesitamos recuperar horarios, atención y cierta tolerancia a las interrupciones sin esperar funcionar al máximo desde la primera mañana.

¿Cuánto dura el síndrome postvacacional?

Mujer tachando los primeros días de septiembre en un calendarioNo existe un cronómetro que empiece a contar en cuanto deshacemos la maleta.

Es habitual leer que el síndrome postvacacional dura unos días o un máximo de dos semanas. Sin embargo, no existe una duración exacta que pueda aplicarse a todo el mundo.

Algunas personas recuperan rápidamente su ritmo habitual. Otras necesitan más tiempo, especialmente cuando regresan a una carga elevada de trabajo, a problemas de conciliación o a una etapa vital complicada.

Por eso importa más la evolución que el número exacto de días.

Podemos observar:

* Si vamos recuperando la concentración.

* Si el sueño empieza a regularse.

* Si disminuye la irritabilidad.

* Si organizar lo pendiente reduce el agobio.

* Si cada jornada resulta algo más manejable.

¿Cómo superar el síndrome postvacacional y llevar mejor la vuelta?

Con estos tips notarás que puedes reducir el choque de los primeros días.

No intentes resolverlo todo de golpe

Revisa lo pendiente, no todo es urgente. Una bandeja de entrada llena provoca sensación de descontrol, pero no todos los correos contienen una emergencia nacional.

Elegir unas pocas tareas concretas suele resultar más eficaz que saltar de una a otra intentando avanzar en todas. El primer día no tiene que servir para dejar septiembre resuelto. Bastante mérito tiene recordar las contraseñas.

Hombre descansando en casa con un libro y una taza después del trabajoRecupera el ritmo sin castigarte

Volver a horarios algo más regulares puede facilitar la adaptación. También ayuda recuperar progresivamente las rutinas de sueño, comidas o actividad física.

Progresivamente es una palabra importante.

No hace falta compensar en veinticuatro horas todos los helados, las sobremesas y las cenas tardías del verano. El cuerpo agradece cierta regularidad.

Durante los primeros días quizá necesitemos algo más de tiempo para concentrarnos y organizarnos. Eso no significa que hayamos perdido nuestras capacidades durante las vacaciones.

No dejes todo el descanso para el próximo verano

Las vacaciones terminan, pero no debería desaparecer cualquier actividad que nos resulte agradable.

Un paseo, una comida sin prisa, una tarde de lectura, una película o quedar con alguien pueden seguir teniendo sitio en la semana. No se trata de fingir que continuamos de vacaciones, sino de evitar que la vuelta convierta todos los días en una sucesión de obligaciones.

También conviene conservar pausas reales durante la jornada.

Una pausa no es contestar mensajes mientras comemos ni revisar el correo desde otra silla. En ocasiones, diez minutos sin solucionar nada son exactamente eso: diez minutos sin solucionar nada.

¿Y si el problema no es que se hayan acabado las vacaciones?

Esta es la pregunta menos cómoda, pero probablemente la más importante.
A veces cuesta volver porque hemos cambiado de ritmo y necesitamos unos días para adaptarnos. Pero otras veces las vacaciones nos han permitido tomar cierta distancia respecto de una rutina que ya necesitaba cambios antes de marcharnos.

Mujer frente a una maleta abierta con un paquete etiquetado «Los problemas de siempre»El contraste puede hacer más visibles algunas situaciones:

* Una carga de trabajo difícil de asumir.

* La falta de autonomía.

* Los conflictos con compañeros o responsables.

* Horarios incompatibles con la vida personal.

* Una rutina llena de obligaciones y casi sin descanso.

* Un trabajo que se vive con angustia o indiferencia.

* Un cansancio acumulado que unas semanas libres no podían solucionar.

Ojalá pudiéramos arreglarlo todo organizando mejor la agenda, pensando en positivo o colocando una planta nueva junto al ordenador.

Pero sí podemos meditar sobre qué queremos cambiar en nuestra rutina y empezar a introducir esos cambios desde el primer día.

Puede ser útil preguntarnos qué es exactamente lo que nos está costando:

¿Cambiar de ritmo? ¿Recuperar los horarios? ¿Volver a una carga excesiva? ¿O regresar a una vida cotidiana en la que llevábamos tiempo encontrándonos mal?

Las respuestas no siempre exigen cambios drásticos, pero ayudan a dejar de atribuirlo todo a una supuesta incapacidad para adaptarnos.

¿Cuándo conviene pedir ayuda psicológica?

Hombre hablando con una psicóloga durante una sesión de terapiaLa dificultad para volver merece una valoración más detenida cuando el malestar no disminuye, empeora o afecta claramente a nuestra vida.

Conviene pedir ayuda cuando la tristeza, la ansiedad, el agotamiento o las dificultades de sueño son intensos; cuando resulta muy difícil trabajar, relacionarnos o atender las responsabilidades habituales; o cuando la vuelta reactiva un problema que ya estaba presente antes de las vacaciones.

También es importante no atribuir automáticamente cualquier síntoma al síndrome postvacacional. A veces septiembre coincide con un problema de ansiedad, depresión, agotamiento laboral o una situación personal especialmente difícil.

En terapia podemos distinguir una adaptación temporal de un malestar más persistente y entender qué está ocurriendo. No siempre se trata de aprender a soportar mejor la rutina. En ocasiones conviene revisar por qué esa rutina está exigiéndonos tanto.

Volver tiene cosas buenas

Las vacaciones pueden ser estupendas, pero volver también tiene sus ventajas.

Está nuestra cama, que a partir de cierta edad empieza a parecernos uno de los grandes logros de la civilización. Recuperamos nuestras cosas, nuestros espacios y esas pequeñas costumbres que no valoramos demasiado hasta que llevamos varios días buscando el cargador, durmiendo con una almohada imposible o intentando recordar en qué maleta guardamos algo.

También podemos echar de menos a algunas personas, determinadas actividades o incluso una rutina que, en general, nos gusta. Tener horarios y cierta organización no siempre supone perder libertad. A veces nos ayuda a descansar mejor, ordenar los días y recuperar una sensación de normalidad que también resulta agradable.

Mujer feliz abrazando su almohada en su propia cama, con el móvil cargando y la maleta cerrada Leyenda y descripción: vacías.Por eso, que la vuelta cueste no significa que hayamos desaprovechado las vacaciones ni que odiemos nuestra vida cotidiana. Podemos tener ganas de dormir en nuestra cama y, al mismo tiempo, ninguna gana de abrir 326 correos. Nos pasan las dos cosas.

Cambiar de ritmo requiere adaptación. Durante los primeros días puede ayudar reducir expectativas, ordenar las demandas y conservar algún espacio de descanso cotidiano.

Después conviene observar qué ocurre: si recuperamos progresivamente nuestro funcionamiento o si el malestar está señalando algo que ya existía antes de cerrar la maleta.

Y sí, septiembre llegará con sus horarios, sus correos y el chat de padres.

Pero no es obligatorio recibirlo siendo la persona más organizada, motivada y productiva del hemisferio norte.

Si la vuelta a la rutina está haciendo visible un malestar que no desaparece o que ya venía de antes, puedes solicitar una cita para valorar tu situación de manera individual.

Ana Saro. 

Psicóloga General Sanitaria en Bliss Psicología

Consulta presencial en Majadahonda y terapia online.

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