Del duelo no se escapa, solo se retrasa

Del duelo no se escapa, solo se retrasa

«Qué fuerte es», «vaya entereza tiene», «cómo está aguantando el tirón». Son las palabras que más se repiten en los días posteriores a un funeral, tras una ruptura dolorosa o cuando llega un diagnóstico médico inesperado. Cuando el entorno ve que la persona no solo no se desmorona, sino que además se encarga de los papeles, organiza las tareas y responde a los mensajes, respira aliviado. Sin embargo, en mi consulta observo que el duelo que se evita en esos primeros momentos no desaparece, solo se pospone

Ilustración estilo chibi de una persona en estado de shock emocional tras una pérdida, reflejando el letargo defensivo y el duelo que se evita inicialmente.Nos incomoda el dolor ajeno y nos asusta nuestra propia fragilidad. Por eso, cuando alguien transita una pérdida sin romperse, tendemos a convertirlo en un referente, en alguien que ha sabido gestionar algo que a nosotros nos parece inmanejable.

Pero esa lectura, aunque comprensible, suele estar equivocada.

En mi consulta veo a menudo el reverso de esa supuesta fortaleza. Esa calma imperturbable, esa capacidad para seguir funcionando como si nada hubiera pasado, casi nunca es una recuperación real. Es, en la mayoría de los casos, un estado de shock que congela las emociones temporalmente. Y hay una diferencia importante entre no sufrir y no sufrir todavía.

Cuando el golpe es demasiado grande, la mente nos protege de la única manera que sabe en ese momento: suspendiendo la respuesta emocional. Sentir todo el impacto del dolor de forma inmediata sería, sencillamente, insoportable. El sistema nervioso entra entonces en una especie de letargo defensivo. La persona no «puede con todo» porque sea valiente; su mente ha pospuesto el sufrimiento para permitirle funcionar en los primeros días. Es una respuesta automática, no una elección.

Esto explica por qué hay personas que recuerdan los días posteriores a una pérdida con una extraña sensación de irrealidad, casi de distancia. Como si estuvieran viendo la escena desde fuera. Esa disociación es la manera que tiene el cerebro de manejar aquello para lo que todavía no tiene recursos.

Atravesar las primeras semanas sin llorar, o sin sentir lo que uno esperaría sentir, puede ser una respuesta legítima mientras se encaja la nueva realidad. El problema empieza cuando esa distancia emocional se prolonga más allá de lo necesario, y cuando el entorno, sin querer, la refuerza con sus elogios. Entre su bloqueo emocional y la imagen de fortaleza que se «premia» desde el exterior, el doliente siente que ni puede, ni tiene permiso para dejarse caer.

Por qué en el duelo nos da por hacer cosas

Hay un patrón que se repite con frecuencia en consulta. Personas que, a las pocas horas de perder a un ser querido, asumen el control de la burocracia, organizan los papeles del entierro y coordinan las visitas sin aparente dificultad. O personas que, la misma tarde en que su pareja se marcha de casa, se ponen a limpiar, a reordenar o a planificar una mudanza al detalle.

Hiperactividad funcional en el dueloDesde fuera, se observa esta conducta con una mezcla de admiración y extrañeza. Desde dentro, el doliente experimenta una necesidad casi física de mantener las manos y la cabeza ocupadas. Hay quien lo describe como una especie de zumbido de fondo que no les deja quedarse quietos, una energía nerviosa que solo se calma mientras están haciendo algo.

No es una elección consciente. Lo que ocurre es que, ante el desorden que provoca una pérdida importante, el cerebro busca refugio en lo que sí puede controlar. Como el presente se ha vuelto difícil de habitar, la mente se desplaza hacia las tareas mecánicas y hacia la planificación del futuro.

Llenar la agenda, revisar portales de empleo de forma compulsiva, anticipar cómo reorganizar la casa o imaginar cómo será la vida dentro de unos meses son formas de fabricar orden donde solo hay incertidumbre. Cada tarea resuelta funciona como un alivio temporal, una pequeña señal de que algo, al menos, está bajo control.

Esta respuesta es comprensible y, en los primeros días, bastante adaptativa. Hay cosas que efectivamente hay que gestionar cuando alguien muere o cuando una relación termina. El problema aparece cuando esa actividad se convierte en un hábito sostenido, en una forma de vida que impide que emerja lo que todavía no se ha procesado. Cuando la agenda siempre llena deja de ser una necesidad práctica y pasa a ser una estrategia, muchas veces inconsciente, para no tener que mirar lo que está pasando por dentro.

Hay algo que suelo decir en consulta: el dolor no necesita mucho espacio para aparecer. Necesita, sobre todo, silencio. Y hay personas que llevan meses, incluso años, sin darse un momento de silencio real.

Cuando el duelo se pospone

La hiperactividad como respuesta al duelo tiene un límite. El dolor no desaparece por no tener tiempo para atenderlo; se va acumulando. Y el cuerpo, antes o después, encuentra la manera de reclamarlo.

Colapso físico en el duelo pospuestoEn consulta es frecuente recibir a personas que acuden meses después de un impacto importante. Vienen desconcertadas porque, según sus propias palabras, «ya lo habían superado». Dicen que pasaron las primeras semanas con una energía que les sorprendía a ellas mismas, que reorganizaron su vida con rapidez y que no entienden por qué ahora, cuando todo parece haberse calmado, se sienten tan mal. A veces incluso sienten culpa por ello: la sensación de que deberían estar mejor, de que han fallado en algo.

El detonante suele ser algo pequeño y aparentemente sin importancia: un café que se derrama, una canción en la radio, una fotografía que aparece por casualidad, un domingo por la tarde sin planes. Lo que aparece entonces puede tomar formas muy distintas: ansiedad, un cansancio profundo que no mejora con el descanso, insomnio, irritabilidad, o molestias físicas sin causa médica aparente. Dolores de cabeza, tensión muscular, problemas digestivos. El cuerpo habla de formas que la mente ha aprendido a ignorar.

No hay nada anómalo en ese momento, aunque se viva como un retroceso. Lo que ocurre es que, cuando el ritmo baja y la lista de pendientes se vacía, el dolor que se había pospuesto encuentra el espacio que no tuvo antes. Es como si hubiera estado esperando. Y a veces, cuanto más tiempo ha pasado, más intensa es la irrupción, precisamente porque se ha acumulado sin salida.

Es una experiencia difícil también por el contexto en el que ocurre. Llega tarde, cuando los demás ya han pasado página y asumen que nosotros también lo hemos hecho. No hay ya flores ni visitas ni mensajes de apoyo. La vida de los demás ha seguido, y uno siente que no puede pedir ahora lo que quizás necesitaba meses atrás. Esa soledad añadida es, en muchos casos, lo más duro.

Darse permiso para parar

Ilustración estilo chibi de una persona sentada en un prado de flores sosteniendo un corazón brillante, representando la aceptación gradual y el duelo que se evita inicialmente pero que se logra integrar.Permitirse parar no es un signo de debilidad, aunque culturalmente lo hayamos asociado con eso durante mucho tiempo. Tampoco es una señal de que el proceso va mal. Al contrario: muchas veces es el primer paso real hacia una elaboración genuina del duelo.

El dolor por una pérdida no se gestiona como un proyecto con plazos y entregas. No hay una forma eficaz de acelerarlo ni una manera correcta de atravesarlo. Se siente, se transita y se integra de forma gradual. Tiene su propio ritmo, un ritmo que no siempre coincide con el que otros esperan, o con lo que uno mismo quisiera.

Lo que sí puede hacerse es crear las condiciones para que ese proceso ocurra: bajar las revoluciones, tolerar los momentos de quietud aunque sean incómodos, y resistir la tentación de llenarlo todo de actividad cuando el malestar aparece. No porque haya que buscar el sufrimiento, sino porque evitarlo sistemáticamente tiene un coste que se paga más adelante.

En consulta, uno de los momentos más significativos es cuando alguien, después de semanas o meses sin parar, se permite simplemente estar con lo que hay, con lo que siente, y lo que tiene. Sin resolverlo, sin entenderlo del todo, sin buscarle un sentido inmediato. Solo dejarlo estar. Parece poco. A veces es lo más difícil.

No se trata de poder con todo, sino de darse permiso para no poder.

Ana Saro.

Psicóloga General Sanitaria en Bliss Psicología

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