Faltan unos días para que empiece el curso y cada vez que alguien menciona el instituto cambia de tema, se enfada o asegura que no piensa ir. Puede que regrese a un centro que ya conoce, pero también que esté a punto de empezar primero de la ESO en un instituto nuevo. Que sus amigos del colegio hayan ido a otros centros o no estén en su clase, y lleve días pensando con quién se sentará o qué hará en el recreo. Para un adulto pueden parecer preocupaciones pequeñas. Para él, son justo lo que más miedo le da de la vuelta.
Cuando unos padres me dicen «mi hijo no quiere ir al instituto», necesito saber algo más. ¿Desde cuándo lo dice? ¿Qué ocurrió al final del curso anterior? ¿Le preocupa entrar solo, encontrarse con alguien, el recreo, una asignatura o no estar a la altura? Los padres pueden observar si, a pesar de los nervios, consigue acudir y si el malestar disminuye cuando recupera la rutina.
Antes de atribuirlo a la pereza, a la ansiedad o a las ganas de alargar las vacaciones, conviene averiguar qué momento concreto se le está haciendo difícil. Un adolescente puede quejarse durante días y adaptarse en cuanto empieza el curso. Otro puede dejar de dormir, tener dolor de tripa o comenzar a faltar. Aunque los dos digan «no quiero ir», lo que les pasa no tiene nada que ver.
¿Es normal que mi hijo no quiera ir al instituto al empezar el curso?
Hay adolescentes que pasan los últimos días de vacaciones anunciando que el curso va a ser horrible y, después del tercer recreo, ya están organizando lo que harán el viernes. Volver a madrugar, estudiar y cumplir horarios no suele despertar entusiasmo.
Empezar primero de la ESO merece una mención aparte. No solo cambia el edificio, o incluso el centro escolar. Cada asignatura tiene un profesor distinto, hay alumnos mucho mayores y se espera de ellos bastante más autonomía. Todavía no saben a quién acudir si se pierden, llegan tarde o no entienden cómo funciona algo. Si además les han separado de sus amigos, tendrán que orientarse en un grupo nuevo al mismo tiempo que aprenden a moverse por el instituto.
Ese miedo puede ser intenso sin que por sí solo indique un problema psicológico. Están anticipando una situación nueva que todavía no han tenido ocasión de vivir. En muchos casos, los primeros días les dan las referencias que ahora les faltan: aprenden a moverse por el centro, identifican a quién pedir ayuda y encuentran alguna persona con la que estar.
No hay un plazo exacto a partir del cual los nervios dejan de ser normales. Me orienta más ver cómo evolucionan y hasta qué punto interfieren. Una mala cara, varios comentarios dramáticos y unas ganas nulas de preparar la mochila dicen poco si el adolescente acude a clase y empieza a manejarse. Prestaría más atención si los síntomas se repiten, se bloquea antes de salir, no consigue permanecer toda la jornada o cada día afronta la vuelta peor.
Si ocurre algo así, ya no daría por hecho que solo necesita unos días para acostumbrarse.
¿Le pasa al salir de casa, al llegar al centro o dentro de clase?
El rechazo escolar no siempre consiste en negarse a salir de casa. También puede manifestarse mediante retrasos, faltas o peticiones frecuentes para volver a casa antes de que terminen las clases. Estas conductas indican que acudir o permanecer en el instituto se le está haciendo difícil, pero todavía no nos dan una causa.
Antes de salir de casa
Puede empezar a encontrarse mal el domingo por la tarde o la noche anterior, o quejarse al vestirse, desayunar o acercarse a la puerta por la mañana. ¿Pasa todos los días o solo cuando tiene una clase, un examen o una actividad concreta?
Que responda «no sé» cuando le preguntan qué le preocupa no significa necesariamente que esté ocultando algo. Puede sentirse incapaz de ir y no saber todavía qué parte del día le resulta tan difícil.
La entrada, los pasillos y los trabajos en grupo
Hay adolescentes que consiguen seguir las clases, pero lo pasan mal al llegar al centro, en los cambios de aula o en los trabajos en grupo. Les preocupa entrar solos, cruzarse con alguien o quedarse descolgados cuando los demás parecen saber perfectamente dónde ir y con quién sentarse.
¿Los motivos? Inseguridad, un conflicto con los compañeros, miedo a ser juzgados o una situación de acoso. Que el miedo se concentre en una persona, un lugar o un momento del día puede dar una pista, y debe explorarse.
Las clases en las que siente que puede quedar en evidencia
A veces, la negativa aparece sobre todo los días que tiene educación física, tiene que exponer un trabajo o le toca una asignatura que le cuesta especialmente. Puede tener miedo a equivocarse, a hacer el ridículo o a confirmar delante de los demás que no entiende algo.
Estas dificultades de aprendizaje, atención o rendimiento que han pasado desapercibidas pueden ser el motivo. Aunque parezca que no quiere esforzarse, puede estar anticipando un curso en el que teme no ser capaz de seguir el ritmo.
Lo que ocurre cuando consigue quedarse en casa
Un adolescente puede estar angustiado antes de salir y parecer completamente tranquilo media hora después de saber que no irá. Que se ponga a dormir, a mirar el móvil o a jugar no quiere decir que estuviera fingiendo. La situación que temía ha desaparecido y el alivio puede ser inmediato.
Pero ese alivio también puede hacer que el siguiente intento le resulte más difícil. Si quedarse en casa acaba siendo la única forma que encuentra de sentirse mejor, la evitación mantiene el problema y hace que su ansiedad aumente cada vez que toca ir a clase.
Algunas dificultades dejan de dar señales durante las vacaciones porque el adolescente ya no tiene que ir al instituto. Reaparecen cuando empiezan las clases porque se tiene que volver a enfrentar a una situación que le genera ansiedad y que no sabe como gestionar.
¿Cómo puedo hablar con mi hijo cuando no quiere ir al instituto?
A las siete y media de la mañana, con la mochila sin preparar y el reloj corriendo, es difícil mantener una conversación razonable. Los padres quieren que salga de casa y el adolescente siente que todo lo que diga se utilizará para obligarle a ir. Si la discusión ya está en ese punto, la explicación tendrá que esperar a otro momento.
«He visto que cada vez que hablamos del instituto te duele la tripa» pone sobre la mesa que los padres se han dado cuenta de que algo le está pasando. Pero decirle «otra vez estás con lo mismo» lo va a percibir como una acusación. Afirmar que es por pereza o ansiedad, o preguntarle si le acosan, antes de que empiece a hablar tampoco le ayuda.
«¿Por qué no quieres ir?» puede resultarle demasiado difícil de responder. Es más fácil empezar por algo concreto: «¿Cuál es el peor momento del día?», «Si pudieras quitar una sola cosa de mañana, ¿cuál sería?» o «¿Hay alguien con quien no quieras encontrarte?». Una pregunta cada vez, no todas seguidas.
Si responde «no sé», llenar el silencio con posibles explicaciones puede hacer que se cierre aún más. Podemos dejarle tiempo y volver a hablar después: «No hace falta que me lo expliques ahora, pero necesito que sigamos pensando juntos qué está pasando».
Si cuenta algo que afecta a su seguridad, no podemos prometerle que quedará entre nosotros. Pero sí que podemos explicarle a quién habrá que contárselo, por qué y cómo vamos a hacerlo.
Esta primera conversación puede empezar a crear un ambiente de confianza y darnos, con suerte, una idea algo más concreta de lo que teme. Esto ayudará a la familia a decidir el siguiente paso con mayor seguridad.
¿Le obligo a ir o le dejo quedarse en casa?
Unos padres pueden conseguir que su hijo entre en el coche a base de amenazas y descubrir, al llegar, que no hay forma de que baje. Otros pueden permitirle quedarse ese día y encontrarse con la misma discusión a la mañana siguiente.
Si está nervioso, protesta o incluso llora, pero consigue vestirse y salir acompañado, intentaría que fuera. No hace falta decirle que no pasa nada. Se le puede llevar hasta el centro, acordar con él a quién buscar al llegar o avisar al tutor de que esa mañana necesita que alguien lo reciba.
La situación cambia si está completamente bloqueado, intenta huir o cuenta que alguien le amenaza o le acosa. Sacarlo de casa a la fuerza sin saber qué ocurre puede dejarlo todavía más indefenso. Antes de enviarlo de nuevo habrá que comprobar qué está pasando y qué medidas pueden protegerlo.
Que se quede en casa un día no convierte a los padres en permisivos. Pero esa decisión no puede repetirse cada mañana bajo la presión del momento ni convertirse en la única solución. Si ese día no puede ir, la familia necesita empezar a preparar cómo volverá: al día siguiente con apoyo, incorporándose a una hora concreta o mediante una vuelta gradual si el bloqueo es intenso.
No se trata de dejar que decida él solo si va ni de llevarlo a cualquier precio. Los adultos mantienen el objetivo de que vuelva al instituto y buscan la forma más segura de conseguirlo.
¿Qué puede hacer el instituto?
El instituto ve una parte del problema que la familia no puede observar desde casa. Puede saber si llega hasta la puerta y se queda bloqueado, si pasa los recreos solo, evita a alguien, pide salir de una clase o acude con frecuencia a enfermería. No hace falta esperar a que acumule varias faltas para hablar con el centro.
Preguntar al tutor «¿ha pasado algo?» puede terminar con una respuesta tan amplia como «en clase lo vemos bien». Es más útil contar qué está ocurriendo: desde cuándo le cuesta ir, qué días se encuentra peor, cuándo pide que vayan a buscarle y si menciona alguna clase, persona o lugar. Con esa información, el centro puede prestar atención a momentos concretos en lugar de fijarse únicamente en sus notas o en su comportamiento durante las clases.
Algunas medidas sencillas pueden facilitar la vuelta: que alguien lo espere en la entrada, darle un adulto de referencia al que acudir si se bloquea o acordar dónde puede ir cuando necesite tranquilizarse. Si necesita incorporarse de forma gradual, el plan debe indicar cuándo irá, durante cuánto tiempo y cuándo se revisará.
Si habla de amenazas, humillaciones o acoso, la conversación con el instituto ya no puede limitarse a buscar una forma de que entre por la puerta. La familia debe explicar qué sabe y el centro tendrá que investigar lo ocurrido y tomar medidas para protegerlo.
La reunión no debería terminar con un «estaremos pendientes». La familia tiene que saber quién lo recibirá, a quién podrá acudir, qué ocurrirá si pide volver a casa y cuándo volverán a hablar para comprobar si el plan está funcionando.
¿Cuándo necesita ayuda de un psicólogo?
Un adolescente no tiene que haber dejado de ir por completo para necesitar ayuda. Si la asistencia depende de horas de discusión, de que uno de los padres cancele sus planes o de llamadas continuas del centro, hay un problema, aunque todavía consiga ir al instituto algunos días.
Yo pediría ayuda cuando las faltas se acumulan, no logra permanecer durante toda la jornada o el plan acordado con el instituto no se está llevando a cabo. Llegar cada vez más tarde, acudir solo a algunas clases o necesitar que vayan a buscarle con frecuencia indican que la vuelta no está funcionando.
Si cada mañana termina en amenazas, gritos o negociaciones interminables, los padres pueden acabar alternando entre obligarlo a ir y permitir que se quede porque ya no saben qué hacer. En ese punto, la ayuda no es solo para el adolescente. Los padres necesitan saber cómo responder sin cambiar de criterio cada mañana.
El trabajo del psicólogo no consiste únicamente en convencer al adolescente de que vaya al instituto. Primero tendrá que entender qué ocurre antes de salir, dentro del centro y cuando consigue evitarlo. A partir de ahí podrá preparar con él, su familia y el instituto una vuelta que se pueda mantener, mientras trabaja con el adolescente el problema que le impide asistir con normalidad a clase.
La intervención puede empezar mientras va a sus clases o durante una incorporación gradual. El adolescente no tiene que encontrarse completamente bien para volver.
Hay situaciones que no admiten espera. Si se autolesiona, expresa ideas de suicidio, hace una amenaza grave o existe un riesgo inmediato para su seguridad, necesita una valoración inmediata. En ese momento, la prioridad ya no es conseguir que vaya al instituto, sino protegerlo.
Lo ideal es que la familia pida ayuda antes de llegar a una situación de urgencia.
En consulta trabajo con el adolescente y su familia. Primero intento entender qué le está impidiendo ir. Después decidimos con él y sus padres cómo responder en casa y, cuando hace falta, me coordino con el centro para que todos trabajemos en la misma dirección.
Si ahora mismo tu familia está viviendo esta situación, puedes pedir una cita conmigo.
Ana Saro.
Psicóloga General Sanitaria en Bliss Psicología
Consulta presencial en Majadahonda y terapia online.
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Instagram: @blisspsicologia
