Inteligencia artificial y criterio humano: ¿nos apoyamos o nos «delegamos»?

Inteligencia artificial y criterio humano: ¿nos apoyamos o nos «delegamos»?

¿Por qué hablar de inteligencia artificial y criterio humano? Porque a veces abrimos la inteligencia artificial antes de saber qué pensamos. Le pedimos una respuesta cuando todavía no hemos empezado a formular la nuestra. No buscamos contrastar una idea que ya está en marcha, ni revisar un razonamiento, ni dar forma a algo que nos ronda. Hablo de esperar una respuesta completa cuando aún no hemos hecho ni un primer intento.

La inteligencia artificial puede ser una ayuda valiosa. Sirve para organizar ideas, revisar un texto, preparar una reunión o encontrar una forma más precisa de explicar algo… La cuestión no es esa, es qué ocurre cuando no buscamos ayuda para pensar mejor, sino que buscamos que alguien —o algo— haga el trabajo por nosotros.

La relación entre inteligencia artificial y criterio humano no depende sólo de la tecnología, sino de la intención con la que recurrimos a ella.

Una cosa es apoyarnos y otra “delegarnos”.

Lo vemos a diario. Pedimos que decida entre dos opciones antes de preguntarnos qué necesitamos. Buscamos la frase perfecta para contestar un WhatsApp incómodo, pero no resolvemos lo que esa situación ha provocado. Usamos una explicación generada por IA porque resulta convincente, sin pararnos a comprobar si representa lo que pensamos.

Albert Bandura planteó que la confianza en nuestra capacidad se forma a partir de logros de ejecución: experiencias directas donde comprobamos que nuestro esfuerzo ha superado una dificultad. Y la inteligencia artificial puede acompañarnos en ese recorrido. Pero lo que no puede hacer es vivirlo por nosotros.

Que te ayuden a pensar no es el problema

Ilustración de una psicóloga trabajando mientras un robot ilumina suavemente la zona de trabajo.Hay momentos en los que una persona no necesita que alguien le diga qué hacer. Necesita escucharse pensar.

En consulta lo veo muchas veces. Alguien empieza diciendo: “No sé cómo explicarlo”. No trae una idea clara, sino fragmentos: una frase, una duda, una sensación, una contradicción. A veces se interrumpe, vuelve atrás, cambia una palabra y se da cuenta de que lo que acaba de decir no era exactamente eso. Y cuando lo hace, empieza a aclararse.

Pensar no ocurre sólo dentro de la cabeza. A veces consiste en escribir una frase y tacharla, contar algo en voz alta, hacer una lista, buscar un ejemplo, leer una idea que te ayuda a ponerle un nombre a algo o hablar con alguien que te hace la pregunta adecuada. Esas ayudas no eliminan el trabajo mental. Lo hacen más visible.

Annie Murphy Paul ha escrito sobre esta idea al hablar de la mente extendida. Su planteamiento recuerda que usamos el cuerpo, el entorno y a otras personas para pensar mejor. La capacidad no se demuestra prescindiendo de todo el apoyo. Muchas veces razonamos mejor porque sabemos utilizar lo que tenemos alrededor.

La inteligencia artificial puede formar parte de esos recursos. La intención con la que se utiliza es lo que, para mí, importa: ahora las respuestas llegan muy rápido y con una forma muy acabada. Esa velocidad ahorra tiempo, pero también puede llevarnos a aceptar una solución antes de haber pensado qué queríamos decir, decidir o defender.

Cuando recurrimos a la inteligencia artificial para no empezar

Hay un momento, pequeño, pero importante, que a veces pasamos por alto: ese instante en el que todavía no hemos empezado a elaborar nuestra respuesta.

Tienes que escribir algo y no sabes por dónde empezar. Tienes que tomar una decisión y estás confuso. Quieres contestar a alguien y temes parecer frío, brusco o poco claro. Te sientas delante de una pantalla y lo primero que aparece no es una idea, sino la incomodidad del: “no sé”, “me va a salir mal”, “seguro que hay una forma mejor de decirlo”.

Ilustración de una psicóloga delante de una hoja en blanco mientras un robot le muestra una lista terminada.Ese momento no suele ser agradable. La primera frase es torpe. La opinión todavía no está formada. La decisión no está madura. Uno empieza y se encuentra con dudas, contradicciones, miedo a equivocarse o cansancio. Es comprensible buscar una salida rápida. Nos gusta ahorrarnos esfuerzo mental.

Daniel Kahneman explicó esa tendencia a ahorrar esfuerzo. La mente humana necesita atajos; sería imposible analizar cada gesto, cada frase y cada decisión como si empezáramos de cero, cada día, todos los días. Pero en situaciones que necesitan más elaboración, la cosa cambia si usamos el atajo para evitar tanto el esfuerzo como las emociones molestas que aparecen al pensar.

La respuesta llega demasiado pronto

Una formulación inmediata baja la incertidumbre. Está bien escrita y tiene coherencia, pero esa claridad externa a menudo solo enmascara el desorden interno que todavía no hemos aprendido a tolerar. Que algo resulte claro no significa que sea lo que necesitábamos pensar. Y, aunque encaje, no hemos llegado nosotros a ese resultado.

Esto se ha vuelto muy normal. Una persona no sabe si aceptar un trabajo y pide enseguida una comparación de ventajas e inconvenientes, para luego preguntar con cuál se queda. Otra busca una frase impecable para su pareja, sin detenerse en lo que ha pasado en la conversación. Alguien adopta una explicación de la IA porque transmite seguridad, aunque todavía no sabe si está de acuerdo.

Aquí entra otro concepto de Bandura, la autorregulación emocional. A veces no buscamos una orientación porque necesitemos pensar mejor, sino porque queremos dejar de sentir algo: ansiedad antes de decidir, culpa después de una conversación, miedo a quedar mal, vergüenza por no saber o incertidumbre cuando no tenemos claro qué hacer. En esos momentos, algo claro y bien escrito nos tranquiliza.

Pero esa calma puede llegar antes de que hayamos entendido qué nos pasaba. No hemos tenido que notar “esto me ha dado miedo”, “quiero resolverlo rápido” o “me cuesta tolerar esta incertidumbre”. Y esa información también forma parte del aprendizaje, es importante para nuestra mente.

Si recurrimos siempre a la inteligencia artificial antes de haber empezado a pensar, nos ahorramos la incomodidad inicial. Pero también nos saltamos una experiencia muy importante: comprobar qué ocurre cuando empezamos a pensarlo por nosotros mismos y hasta dónde podemos llegar.

Confiamos más en nuestro criterio cuando hemos hecho nuestra parte

Para confiar en nuestra forma de pensar no basta con que alguien nos diga “tienes buen criterio”. Tampoco basta con que algo salga bien. Necesitamos vivir situaciones en las que podamos decir: “he podido con esto”.

Una respuesta bien formulada puede ayudar con una tarea y mejorar el resultado. Pero si apenas hemos intervenido en su elaboración, el efecto interno es distinto. Algo ha salido bien, sí, pero no deja la misma sensación de capacidad.

Ilustración de una psicóloga subiendo escalones con los mensajes intento, aprendo, corrijo, practico y confío en mí, acompañada por un robot.Bandura llamó autoeficacia a la creencia de una persona en su capacidad para organizar y llevar a cabo las acciones necesarias en una situación. En su planteamiento, esa confianza se alimenta de experiencias acumuladas: afrontar una conversación, tomar una decisión, defender una idea, aprender una habilidad o recuperarse después de un error.

Pero no aprendemos sólo a partir de lo que nos ocurre directamente. También influye ver cómo otra persona afronta una situación. Bandura lo define como aprendizaje vicario: observar a alguien pensar en voz alta, dudar, rectificar o explicar cómo ha llegado a una conclusión puede ayudarnos a confiar más en nuestra capacidad. El resultado enseña menos cuando aparece separado del camino que lo hizo posible.

Con la inteligencia artificial el proceso es otro. Recibimos una respuesta correcta, clara y limpia, pero no vemos el trabajo humano que normalmente habría detrás: la duda, el tanteo, la elección entre dos caminos, la renuncia a una idea que parecía buena y no lo era. Sólo hay resultado.

La primera versión también cuenta

La autoexigencia hace que esto sea todavía más tentador. Cuando una persona necesita hacerlo bien desde el principio, el paso inicial angustia. Una frase torpe la puede sentir como una prueba de su incapacidad para comunicarse. Una duda, como su falta de criterio. Una pequeña equivocación, como confirmación de su mala opinión sobre sí misma. En ese estado, una respuesta externa muy bien escrita tranquiliza porque evita exponerse a la imperfección.

Pero según Bandura, la confianza también se construye en esa zona intermedia en la que todavía estamos buscando. Ahí aprendemos a diferenciar lo que pensamos de lo que tememos, lo que sabemos de lo que suponemos, lo que queremos de lo que otros esperan.

Algo parecido ocurre con la autoestima. También necesita hechos que podamos reconocer como nuestros. Haber intervenido en una decisión. Haber pedido ayuda sin renunciar a hacer nuestra parte. Haber comprobado que no necesitamos hacerlo perfecto para poder sentirlo nuestro.

Por eso importa tanto la intención con la que usamos las ayudas. No es algo exclusivo de la inteligencia artificial. También ocurre cuando pagamos para que alguien haga por nosotros un trabajo que necesitábamos elaborar, cuando copiamos una frase porque encaja o cuando buscamos una solución cerrada para no enfrentarnos a la tarea.

Puede haber muchos motivos: falta de tiempo, inseguridad, miedo a suspender, cansancio o no saber por dónde empezar. El motivo puede entenderse. La consecuencia es que obtenemos un resultado, pero perdemos una experiencia importante: haber afrontado esa dificultad, haber tomado decisiones durante el camino y haber comprobado que podíamos intervenir.

Cuando algo sale bien, pero no termina de sentirse nuestro

Todo esto puede dar lugar a la aparición de una sensación interesante: entregar algo, decir algo o decidir algo y notar que, aunque el resultado sea bueno, no termina de sentirse nuestro.

Puede pasar con un texto. La versión final está mejor escrita que la primera, más clara, mejor estructurada, incluso más convincente. Pero al releerla aparece una sensación extraña: “sí, está bien, pero yo no lo habría dicho así”. También puede pasar con una decisión. Sobre el papel parece razonable. Tiene argumentos, ventajas, una lógica clara. Y aun así queda la duda de si hemos decidido nosotros o si nos hemos dejado llevar por una respuesta que parecía más segura que nuestra impresión inicial.

A veces una ayuda externa mejora mucho lo que queríamos decir. Nos permite encontrar una palabra más precisa, aclarar una idea o ver una alternativa que no habíamos considerado. En esos casos seguimos reconociéndonos en el resultado. Puede estar mejorado, ampliado o corregido, pero conserva algo nuestro.

Ilustración de una psicóloga dudando ante un documento terminado que sostiene un robot y dudando de su autoría en el documento.

Pero otras veces la respuesta es correcta, aunque no termina de ser nuestra. La frase funciona, pero no nace de una elaboración suficientemente meditada. El argumento resulta sólido, pero no sabemos defenderlo si alguien nos pregunta. La decisión tiene lógica, pero no tenemos claro qué parte de ella hemos pensado realmente. Ahí aparece un problema de autoría.

Autoría no es únicamente firmar algo. Tiene que ver con poder reconocernos en lo que hacemos, decimos o elegimos. Después de recibir ayuda, seguimos pudiendo decir: “esto lo entiendo”, “esto lo he revisado”, “esto representa lo que pienso”.

Ayuda o sustitución 

Podemos pensar esa diferencia de una forma sencilla: una ayuda puede funcionar como extensión o como sustitución. Como extensión, amplía algo que ya estábamos elaborando. Como sustitución, hace por nosotros una parte tan central del trabajo que después nos cuesta identificarlo como nuestro.

Esto se nota, sobre todo, cuando alguien nos pregunta por lo que hemos hecho. Si hemos participado en la elaboración, podemos explicar por qué elegimos una palabra y no otra, qué duda nos hizo cambiar de dirección o qué parte todavía necesita una revisión. No hace falta que esté perfecto. Basta con poder explicar por qué ha quedado así.

Cuando no podemos explicar el proceso que hemos seguido, el logro, o el éxito, se percibe de forma distinta. Parece que todo ha salido bien, pero por dentro queda una sensación incómoda: cuesta saber cuánto hay realmente de nosotros en ese resultado. No deja la misma huella pensar “me ayudaron a aclarar esto” que quedarse con la sensación de “yo no habría sabido hacerlo”. En ese segundo caso, la ayuda no aumenta la confianza; puede alimentar una duda parecida a la que aparece en el síndrome del impostor: hay un logro visible, pero al haber externalizado el proceso, la mente no puede atribuirse el éxito.

Por eso no basta con que la inteligencia artificial nos dé una versión mejor. Hace falta volver sobre lo que ha generado y preguntarnos: ¿esto dice lo que quiero decir?, ¿lo entiendo?, ¿estoy de acuerdo?, ¿podría explicarlo si alguien me pregunta? Esa revisión es la parte que no conviene saltarse. Sin ella, el resultado puede funcionar, pero no deja la misma experiencia de capacidad.

No dejemos de participar en lo que pensamos y decidimos

Por lo tanto, y como resumen, la cuestión no es dejar de usar inteligencia artificial, sino cuidar la forma en que afecta al criterio humano cuando buscamos una respuesta antes de haber pensado la nuestra. Simplemente basta con hacerse una pregunta sencilla: ¿esto me está ayudando a pensar mejor o me está evitando pensar?

Ilustración de una psicóloga señalando un mapa mientras un robot la ayuda a revisar distintas opciones.Si usamos una respuesta y podemos explicarla, revisarla, matizarla o decir “esto representa lo que pienso”, probablemente la ayuda ha servido para ampliar algo nuestro. Si la respuesta es buena pero tenemos la sensación de no haberla elaborado, quizá la hemos usado como sustitución.

Una cosa es apoyarnos y otra “delegarnos”. La ayuda puede ampliar nuestra manera de pensar. La delegación nos evita una parte del trabajo, pero también nos quita experiencias que necesitamos para confiar en nosotros mismos.

La inteligencia artificial puede orientar, sugerir, corregir o ampliar. Pero no puede hacer por nosotros lo que más cuenta: vivir la experiencia y comprobar que podemos hacerlo.

Si al leer esto reconoces que cada vez te cuesta más decidir, confiar en tu criterio o sentir como tuyas las cosas que haces, quizá merece la pena revisar qué está pasando ahí. En terapia se puede trabajar la forma en que decides, la autoexigencia que aparece cuando dudas y la confianza en tu manera de pensar.

 

 

 

Ana Saro. 

Psicóloga General Sanitaria en Bliss Psicología

Consulta presencial en Majadahonda y terapia online.

📞 671 17 48 44 (También WhatsApp)

🌐 www.blisspsicologia.com

📸 Instagram: @blisspsicologia

✉️ blisspsicologia@gmail.com