Quieres muchísimo a tus hijos. Tenerlos ha sido la mejor decisión que has tomado. Y, aun así, hay días en los que echas de menos tu vida de antes: poder improvisar, dormir hasta tarde, hacer algo sin organizar primero la vida de otras personas.
O ves que uno de tus padres te está llamando. Sabes que probablemente necesita algo y le quieres muchísimo, pero hoy miras el teléfono y piensas: «No quiero cogerlo. Hoy no puedo con esto».
O tienes una amistad de hace treinta años. Habéis pasado por muchísimas cosas juntos y esa persona es importante para ti, pero últimamente ves su mensaje y piensas: «No me apetece que me cuente otra vez lo mismo».
Será por cansancio, enfado, ganas de estar a tu aire o una mezcla de todo. El caso es que has pensado algo que no encaja demasiado bien con la persona que crees que eres y terminas preguntándote:
¿Qué clase de persona piensa algo así?
Antes de juzgarte por pensarlo, mira qué estaba pasando
Los pensamientos no siempre aparecen de la nada. Tienen bastante que ver con lo que llevas viviendo durante días, meses o incluso años.
Quizá no quieres cogerle el teléfono a uno de tus padres porque cada vez que ocurre algo se recurre a ti, aunque haya más personas que podrían ocuparse. Tal vez estás harto de escuchar a ese amigo porque lleváis meses teniendo prácticamente la misma conversación sobre lo que le está pasando y, desde hace tiempo, ni siquiera te pregunta cómo estás tú.
Y puede que eches de menos tu vida antes de tener hijos porque, siendo sinceros, hace muchísimo que no dispones de una tarde entera en la que no tengas que organizarte en función de nadie más.
Si solo miras el pensamiento —«no quiero hablar contigo», «no me apetece verte», «ojalá pudiera volver durante una semana a mi vida anterior»— es fácil que te suene egoísta. Pero el pensamiento nace desde una situación.
Ahora bien, tampoco tenemos que hacer arqueología psicológica con cada cosa que se nos pasa por la cabeza. A veces estás enfadado y piensas una barbaridad. Discutes con alguien y durante diez segundos piensas «ojalá se rompa una pierna». No porque hayas descubierto un deseo oculto de verlo escayolado, sino porque estás muy cabreado y tu cabeza ha expresado la frustración de una forma bastante poco elegante.
Así que, en vez de preguntarte directamente «¿qué clase de persona piensa esto?», es más útil preguntarte: ¿cuándo lo he pensado?, ¿dónde estaba?, ¿cuántas veces me ha pasado ya?
Esas preguntas son las que marcan la diferencia. Un pensamiento que aparece una vez, en caliente, y que al día siguiente ni recuerdas, suele ser solo eso: ruido, exageración, el desahogo de un mal momento. Pero un pensamiento que vuelve una y otra vez, o que aparece siempre ligado a la misma persona o a la misma situación, puede estar dándote información sobre algo que merece la pena mirar.
¿Pensar algo significa que quiero que ocurra?
Puedes pensar «ojalá se rompa una pierna» y, si al día siguiente te cuentan que esa persona ha tenido un accidente, sentirlo sinceramente.
Eso ya nos dice algo importante: haber pensado una cosa y querer realmente que ocurra no son lo mismo.
A veces confundimos ambas cosas porque algunos pensamientos nos resultan especialmente desagradables. Si se te ha pasado por la cabeza, piensas que en algún lugar de ti debe de existir ese deseo. Pero una cabeza enfadada, cansada o frustrada puede producir pensamientos que no te representan y que simplemente expresan mentalmente esa frustración.
Por eso el pensamiento de la pierna puede quedarse exactamente ahí: en una barbaridad que pensaste mientras estabas furioso, sin convertirse en una conducta ni en una definición de quién eres.
Cuando lo que piensas no encaja con la persona que crees que eres
Probablemente no te preocuparía tanto pensar «no quiero coger el teléfono» si no hubiera algo importante detrás: tú sí quieres a esa persona. Y además quieres ser el que está disponible sin cansarse por estarlo.
Esa expectativa sobre ti mismo es lo que te puede estar doliendo.
Si para ti ser buen hijo significa estar disponible cuando tus padres te necesitan, no querer atenderles un día puede hacerte sentir egoísta. Si disfrutas siendo padre o madre, echar de menos tu vida *pre-hijos* puede parecerte incompatible con quererles. Y si siempre te has considerado una persona que cuida sus amistades, cansarte de escuchar a alguien a quien quieres puede hacerte cuestionar algo mucho más grande que esa conversación concreta.
Ya no piensas: «Estoy harto de esto». Piensas: «¿Qué dice de mí que esté harto?».
Y ahí es cuando un pensamiento concreto acaba convertido en una valoración de toda tu persona.
En ocasiones puedes ser bastante autoexigente sobre cómo deberías pensar o sentir en relación a las personas que forman parte de tu vida. Un buen padre disfruta. Un buen hijo está disponible. Un buen amigo escucha. Pero la vida cotidiana tiene bastante poca consideración por esos modelos tan limpios.
Puedes querer mucho a alguien y estar hasta las narices de una situación que se repite con esa persona. No hay que elegir qué sentimiento es el auténtico, como si esto fuera *Los inmortales* y al final solo pudiera quedar uno.
El cariño no desaparece automáticamente cuando hay enfado, cansancio o necesidad de distancia. Del mismo modo que sentir alivio cuando termina una etapa durísima no borra la tristeza que puedas sentir por lo ocurrido.
A veces esas emociones incómodas funcionan como «síntomas» de algo que aún no te has parado a pensar o que no quieres afrontar. Puede que necesites espacio porque algo en esa relación lleve tiempo molestándote o que simplemente hayas cambiado. Y otras veces la explicación es mucho menos trascendental: estás cansado y hoy no estás para nadie.
Entonces, ¿da igual lo que pienso?
No. Pero tampoco hay que convertir inmediatamente el pensamiento en un juicio moral.
Puedes pensar que hoy no quieres coger el teléfono y después decidir qué haces con eso. Quizá lo coges. Quizá llamas mañana. Quizá empiezas a darte cuenta de que llevas demasiado tiempo estando disponible para todo y necesitas poner un límite.
Esa es tu decisión.
Y solo cuando hay una conducta tiene sentido preguntarte si has actuado de una manera con la que estás conforme. Porque poner un límite puede molestar a alguien aunque no hayas hecho nada malo. Decir que no puede decepcionar. Alejarte de una relación puede hacer sufrir a otra persona. Que el otro esté triste o enfadado no convierte automáticamente tu decisión en injusta.
Y si respondes desde un estado emocional muy intenso y haces algo que no te gusta, como descargar tu hartazgo sobre alguien, mentir, insultar o actuar de una manera de la que no puedes estar orgulloso, entonces sí puedes sentirte culpable. Y lo suyo es que pienses: «Esto que he hecho no está bien y quiero arreglarlo».
Pero fíjate en la diferencia.
No estás concluyendo que eres una mala persona porque hayas sentido algo desagradable. Estás analizando una conducta concreta para decidir qué quieres hacer respecto a ella.
Eso permite pedir disculpas, reparar un daño o comportarte de otra manera la próxima vez. Pero pensar «soy una mala persona» no te ayuda ni te aporta nada.
¿Y si el pensamiento es mucho más fuerte o desagradable?
Hasta ahora estamos hablando sobre todo de pensamientos que aparecen ligados al cansancio, al enfado, a relaciones que cambian o a situaciones que empiezan a saturarte.
Pero también existen pensamientos que no quieres tener en absoluto y que pueden ir completamente en contra de tus valores. Pensamientos o imágenes de hacer daño, perder el control o hacer algo que te horrorizaría llevar a cabo.
Que aparezcan tampoco demuestra por sí solo que quieras hacerlos realidad.
Lo que sí es importante y hay que estudiar es si no puedes dejar de pensarlos: vuelven una y otra vez, te asustan, necesitas comprobar constantemente qué significan o intentas neutralizarlos para asegurarte de que no eres «esa clase de persona». Puede llegar un momento en el que ya no estés sufriendo tanto por el contenido del pensamiento como por el significado que has empezado a darle y por todo lo que haces para intentar sentirte seguro.
Eso merece una valoración aparte. No porque tener un pensamiento desagradable sea en sí mismo una señal de que algo va mal, sino porque la relación que has establecido con él puede estar haciéndote sufrir.
¿Y si te juzgas así constantemente?
Una cosa es sorprenderte alguna vez por algo que has pensado. Otra es vivir pendiente de lo que cada pensamiento o emoción dice sobre ti.
Si te cuesta decir que no porque enseguida te sientes egoísta, das muchas vueltas a las decisiones por miedo a hacer daño o necesitas revisar una y otra vez si algo que pensaste significa que eres una mala persona, quizá merece la pena mirar por qué necesitas juzgarte con tanta rapidez.
En terapia podemos trabajar justo esa diferencia: entender cuándo un pensamiento solo ha pasado por tu cabeza, cuándo está relacionado con algo de tu vida que necesita atención y cuándo realmente hay una conducta que quieres cambiar o reparar.
Si esta pregunta aparece con frecuencia y acabas dudando constantemente de quién eres por lo que piensas o sientes, en Bliss Psicología puedo ayudarte a entender qué está ocurriendo sin convertir cada pensamiento incómodo en una sentencia sobre ti.
Ana Saro.
Psicóloga General Sanitaria en Bliss Psicología
Consulta presencial en Majadahonda y terapia online.
671 17 48 44 (También WhatsApp)
Instagram: @blisspsicologia
