Llevas veinte minutos buscando una película para ver esta noche. Lees las sinopsis, miras las valoraciones, ves un par de tráilers y, cuando parece que ya te has decidido, encuentras otra que también tiene buena pinta. Al final, llevas tanto tiempo eligiendo que casi se te han quitado las ganas de ver una película.
O quizá lo tuyo es preguntar. Te ofrecen un cambio de trabajo y, antes de responder, consultas con tu pareja, tus amigos y tu familia. Todos quieren ayudarte, pero cada uno tiene una opinión diferente. Y tú, que buscabas aclararte, ahora tienes todavía más dudas.
También puede ocurrirte lo contrario: consigues decidir, pero después descubres que las cosas no salen exactamente como esperabas. ¿Y si te has equivocado? ¿Qué haces ahora?
Tomar decisiones no siempre resulta tan sencillo como comparar varias opciones y elegir la que más nos conviene. Nuestras experiencias anteriores, las emociones, las opiniones de quienes nos rodean y la confianza que tenemos en nuestro propio criterio influyen en cómo decidimos.
Por eso, para entender por qué te cuesta tanto tomar decisiones, merece la pena estudiar cuál es tu proceso al elegir o tomar decisiones, qué te lleva a seguir dudando y qué haces una vez que has tomado una decisión.
¿Por qué me cuesta tomar decisiones, incluso las más sencillas?
Laura lleva varios días intentando elegir dónde ir de vacaciones. Tiene dos destinos que le gustan, ambos entran en su presupuesto y cualquiera de ellos sería una buena opción. Sin embargo, cada vez que parece que se ha decidido por uno, empieza a pensar en las ventajas del otro.
El año pasado eligió un hotel que resultó ser bastante peor de lo que esperaba y todavía se acuerda del disgusto. Esta vez quiere asegurarse de acertar. Compara alojamientos, consulta opiniones y revisa los precios por si encuentra algo mejor. Su pareja le dice que cualquiera de los dos destinos está bien, pero eso a Laura no le vale.
Lo que para otra persona sería una elección bastante agradable, para Laura se ha convertido en una preocupación y en un problema.
Y es que cuando tomas una decisión no valoras únicamente las opciones que tienes delante. Laura no está eligiendo solo entre dos destinos de vacaciones. También quiere evitar que se repita lo que le ocurrió el año pasado. Por eso, aunque las dos alternativas sean buenas, ninguna termina de convencerla.
Si estás preocupado o nervioso, te puede resultar más difícil valorar las alternativas. Y si tienes poca confianza en tus decisiones, incluso una opción razonable puede dejarte con la sensación de que deberías seguir buscando. Cuanto menos confías en tu capacidad para elegir, más difícil te va a resultar dar una decisión por buena.
Además, no todas las decisiones tienen una respuesta claramente mejor que las demás. Hay ocasiones en las que dos alternativas son perfectamente válidas, aunque cada una tenga ventajas e inconvenientes diferentes.
Esto es algo que cuesta aceptar cuando quieres estar completamente seguro de acertar. Porque elegir también significa renunciar a las posibilidades que ofrecía la otra opción, y ninguna decisión puede garantizarte que todo saldrá exactamente como esperabas.
Laura no necesita encontrar unas vacaciones perfectas. Necesita valorar las opciones que tiene sin dedicarles más tiempo del necesario y aceptar que puede disfrutar de un buen viaje aunque surja algún inconveniente.
¿Por qué cuanto más pienso una decisión, más dudas tengo?
Javier necesita comprarse un coche. Al principio tenía bastante claro lo que buscaba: un vehículo cómodo, que consumiera poco y que entrara en su presupuesto. Encontró tres modelos que cumplían esos requisitos y empezó a compararlos.
Dos semanas después tiene una hoja de cálculo con precios, consumos, equipamientos y valoraciones de otros compradores. Ha visto decenas de vídeos y sabe más de motores que algunos vendedores. El problema es que sigue sin decidirse.
Cuando un modelo parece convencerle, descubre que otro consume un poco menos. Si encuentra una oferta interesante, se pregunta si debería esperar a que bajen los precios. Y cuando por fin descarta uno, lee una opinión favorable y vuelve a incluirlo entre sus candidatos.
Pensar antes de decidir es necesario, pero acumular tanta información no significa necesariamente que estés tomando una decisión mejor.
Para elegir bien necesitas conocer las alternativas, valorar sus ventajas e inconvenientes y tener claro qué quieres conseguir. Javier empezó buscando un coche que respondiera a sus necesidades, pero ahora quiere encontrar uno que sea mejor que todos los demás en prácticamente cualquier aspecto.
Aunque… probablemente ese coche no existe. Uno consume menos, otro tiene mejores prestaciones y un tercero ofrece un precio más interesante. Cada modelo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, pero Javier sigue pensando que, si busca un poco más, encontrará uno que reúna todo.
Y mientras continúa buscando, ha ido perdiendo de vista qué características son realmente importantes para él y cuáles, simplemente, serían guays tener. Quería un coche cómodo, económico y con un consumo razonable. Sin embargo, ahora está comparando detalles que cuando empezó a buscar ni siquiera había considerado necesarios.
Cuantas más posibilidades contempla, más difícil le resulta elegir. Además, empieza a sentirse cada vez más nervioso ante la posibilidad de equivocarse. Comprar un coche supone gastar bastante dinero y, después de todo el tiempo que lleva dedicado a la búsqueda, quiere estar seguro de que va a acertar.
Así que sigue investigando. Todavía puede encontrar otra oferta, descubrir un modelo mejor o leer una opinión que le ayude a decidir. Pero esa búsqueda también le permite seguir aplazando la compra.
Analizar las alternativas sirve para elegir entre ellas, no para encontrar una opción a la que sea imposible ponerle una pega.
Javier probablemente no necesita ver otros veinte vídeos. Necesita volver a sus criterios iniciales, priorizarlos, comprobar qué modelos los cumplen y elegir el que más le convenga según lo que ha considerado más útil para él. Puede que después siga teniendo alguna duda, pero eso no significa que haya tomado una mala decisión.
¿Por qué necesito preguntar a los demás antes de decidir?
A Marta le han ofrecido un puesto de trabajo en otra ciudad. Es una oportunidad interesante, con mejores condiciones económicas y posibilidades de desarrollo profesional, pero tendría que mudarse y empezar prácticamente de cero.
Antes de responder, decide comentarlo con su familia y sus amigos. Su madre le dice que está muy bien donde está y que no entiende qué necesidad tiene de complicarse la vida. Su mejor amiga piensa que sería una locura rechazar una oportunidad así. Su padre le recuerda lo difícil que está encontrar un trabajo estable y su hermano le dice que haga lo que quiera, pero que él no se marcharía.
Marta termina la ronda de consultas más confundida que cuando empezó. Cada opinión le ha dado un motivo nuevo para aceptar o rechazar la oferta. Y lo peor es que todas le parecen razonables.
Pedir consejo no tiene nada de malo. Lo que puede complicarte la decisión es dar más importancia a las opiniones de los demás que a la tuya.
Cuando tomamos decisiones, también tenemos en cuenta lo que otras personas esperan de nosotros. Nos importa lo que piensen, cómo les afectará lo que hagamos y cómo reaccionarán ante nuestra elección.
En el caso de Marta, aceptar el trabajo significa alejarse de su familia, algo que sabe que a sus padres no les hará ninguna gracia. Rechazarlo, en cambio, puede hacer que sus amigos piensen que está desperdiciando una buena oportunidad. Así que, además de valorar las condiciones laborales y lo que supondría mudarse, está intentando encontrar una decisión con la que todos estén de acuerdo.
Y eso es prácticamente imposible.
Además, cada persona opina desde sus propias experiencias, preferencias y circunstancias. Puedes recibir consejos muy razonables de personas que también están pensando en cómo les afectará tu decisión o que tienen una situación muy diferente a la tuya. Y aunque todos quieran lo mejor para ti, eso no significa que sepan qué es lo que más te conviene.
Si te cuesta confiar en tu propio criterio, es fácil que busques en otras personas la seguridad que te falta para decidir. Puedes seguir preguntando con la esperanza de que alguien termine dándote la respuesta que necesitas. Pero esa respuesta tiene que tener sentido para ti, no únicamente para quien te aconseja.
Marta puede escuchar a su familia y a sus amigos, tener en cuenta lo que le dicen y valorar las consecuencias de marcharse. Pero también necesita preguntarse qué quiere ella, qué importancia tiene esa oportunidad en su vida y qué está dispuesta a asumir para aprovecharla.
Porque escuchar otras opiniones puede ayudarte a decidir, pero no significa que tengas que conseguir la aprobación de todo el mundo antes de hacerlo.
¿Por qué aplazo tanto las decisiones que tengo que tomar?
Andrés lleva meses teniendo problemas con su socio. Montaron un negocio juntos y, aunque al principio se repartían bastante bien las responsabilidades, últimamente Andrés está asumiendo cada vez más trabajo. Sabe que tienen que hablar y revisar cómo se están organizando, pero nunca encuentra el momento.
Un día piensa que es mejor esperar a terminar un proyecto importante. Otro, que su socio está pasando una mala temporada y no quiere añadirle más preocupaciones. Cuando por fin se plantea sentarse a hablar con él, se da cuenta de que tampoco tiene claro qué cambios proponer.
Así van pasando las semanas. Andrés sigue trabajando más horas de las que le corresponden, cada vez está más molesto con su socio y la conversación continúa pendiente.
Aplazar una decisión puede darte la sensación de que todavía no tienes que enfrentarte al problema. Pero mientras tanto, la situación sigue afectándote.
Cuando tienes que resolver algo complicado, no siempre sabes por dónde empezar. Quizá no tienes claro qué hacer, desconoces las consecuencias de cada alternativa o crees que te faltan recursos para afrontar lo que venga después.
En esas circunstancias, dejarlo para otro momento puede parecer una buena solución. Hoy no tienes que mantener esa conversación incómoda, pasarlo mal ante un posible desacuerdo ni decidir qué hacer si las cosas no salen como esperabas.
No tienes que decidirlo todo inmediatamente. Hay situaciones que requieren tiempo, información o preparación. Andrés, por ejemplo, podría revisar cómo se están repartiendo las tareas, pensar qué cambios necesita y buscar la mejor manera de planteárselos a su socio.
Lo que importa está en lo que haces durante ese tiempo. Una cosa es preparar una decisión y otra seguir aplazándola sin avanzar hacia ninguna solución.
Además, hay algo que resulta fácil pasar por alto: cuando decides no hacer nada, las cosas no se quedan necesariamente como estaban. Andrés lleva meses asumiendo más responsabilidades y está cada vez más enfadado. Aunque no haya hablado con su socio, su relación ya se está deteriorando. Cada vez que vuelve a encontrarse con un reparto de tareas que considera injusto, se molesta más con él, aunque su socio ni siquiera lo sepa.
Andrés necesita identificar qué le está impidiendo abordar el problema. Si no sabe qué proponer, tendrá que estudiar las alternativas. Si considera que no puede resolverlo por sí mismo, puede buscar ayuda. Pero esperar indefinidamente a encontrar el momento perfecto no está mejorando las cosas.
Porque no decidir también tiene consecuencias, y algunas empiezan mucho antes de que te des cuenta de que has tomado una decisión.
¿Y si después de decidir descubro que no era lo que esperaba?
Elena llevaba meses buscando un piso de alquiler. Después de visitar bastantes viviendas, se quedó con dos opciones. Una tenía más luz, una terraza estupenda y un salón amplio, pero estaba lejos de su trabajo. La otra era algo más pequeña, aunque estaba mejor comunicada, costaba menos y le permitía llegar a la oficina andando.
Finalmente eligió la segunda. Hizo cuentas, valoró las ventajas y los inconvenientes y firmó el contrato bastante convencida de que era la opción más práctica.
Las primeras semanas está encantada con el cambio. Ha reducido sus gastos y ya no pierde tanto tiempo en desplazamientos. Pero pronto descubre un inconveniente con el que no contaba: escucha prácticamente todo lo que ocurre en el piso de arriba. Por las noches le cuesta dormir y empieza a preguntarse si no se habrá equivocado.
Después de todo el tiempo que dedicó a buscar una vivienda, ¿cómo no se dio cuenta de algo así?
Puedes tomar una decisión razonable, después de haber valorado las alternativas, y descubrir que las cosas no salen exactamente como esperabas.
Hay información que no tienes antes de elegir. Elena visitó el piso varias veces, comprobó sus condiciones y valoró lo que le ofrecía. Durante las visitas no había detectado cuánto se oía desde el piso de arriba.
Ahora tiene que valorar la situación con esa información nueva. El piso sigue teniendo las ventajas por las que lo eligió, pero también un inconveniente importante que afecta a su descanso.
Y aquí merece la pena distinguir algo: que una decisión tenga consecuencias que no habías previsto no significa que todo lo que valoraste antes de tomarla estuviera equivocado.
Fernando Mora explica que el proceso de decidir no termina cuando ponemos en práctica nuestra elección. Después necesitamos comprobar sus resultados, ver si hemos conseguido lo que pretendíamos y qué dificultades quedan por resolver.
Elena quería reducir gastos y vivir más cerca de su trabajo, y eso lo ha conseguido. Ahora necesita averiguar qué ocurre con el ruido, si hay alguna solución y hasta qué punto ese inconveniente compensa las ventajas de la vivienda.
Quizá pueda resolver el problema. Quizá, después de intentarlo, descubra que no quiere seguir viviendo allí. Pero para saberlo necesita valorar lo que está ocurriendo realmente, en lugar de dar por hecho que toda su elección fue un error.
Decidir no significa acertar y que no haya problemas después. También implica comprobar cómo han salido las cosas y hacer cambios cuando sean necesarios.
¿Cómo puedo tomar decisiones sin quedarme bloqueado?
Cuando llevas días dándole vueltas a una decisión y sigues sin tenerlo claro, quizá lo que necesites no sea seguir pensando en lo mismo, sino ordenar lo que sabes, lo que quieres conseguir y las alternativas que tienes.
Fernando Mora propone en Haz que tu cerebro tome buenas decisiones un método de seis pasos que puede ayudarte a hacerlo sin perderte entre tantas posibilidades.
Lo primero es identificar correctamente el problema. Recuerda a Andrés, que llevaba meses molesto con su socio porque cada vez asumía más responsabilidades. Su problema no era simplemente que trabajaba demasiado, sino que el reparto de tareas había dejado de ser equilibrado y no sabía cómo plantear un cambio.
Después necesitas valorar cuánto te está afectando esa situación. Y aquí no hablamos únicamente de sus consecuencias prácticas. Andrés está cansado, cada vez más enfadado con su socio y preocupado por cómo puede afectar una conversación difícil a su relación. Reconocer todo esto también forma parte de entender el problema que quiere resolver.
Una vez que tienes claro qué ocurre y cómo te está afectando, llega el momento de estudiar las alternativas. Andrés podría proponer un reparto diferente de responsabilidades, reorganizar el trabajo o plantearse cambios más importantes si no consiguen llegar a un acuerdo.
Para comparar las opciones, Mora propone utilizar una balanza decisional: escribir las posibles soluciones y valorar las ventajas y los inconvenientes de cada una.
Este ejercicio ayuda a ordenar las ideas, pero no significa que la alternativa con más ventajas sobre el papel sea automáticamente la mejor para ti. Hay cuestiones personales que también debes tener en cuenta y que una lista de pros y contras no puede decidir por ti.
Si quieres ver un ejemplo práctico de cómo comparar dos alternativas, puedes leer ¿Tienes que decidir? ¡Momento Matrix!
Después llega el momento de elegir y poner en práctica lo que has decidido.
Andrés puede pasar semanas pensando cómo hablar con su socio, pero hasta que no mantenga esa conversación no sabrá si pueden llegar a un acuerdo. Necesita concretar cuándo van a reunirse, qué quiere proponerle y cómo llevarán a la práctica los cambios que decidan.
Y todavía queda un último paso: comprobar si la solución está funcionando. Quizá consigan repartirse mejor las tareas o descubran que necesitan cambiar otros aspectos de la organización. Si las cosas no funcionan como esperaban, tendrán que revisar qué está fallando y qué pueden hacer al respecto.
Una decisión no termina cuando eliges. También tienes que ponerla en práctica y comprobar sus resultados.
Por supuesto, no todas las decisiones necesitan un análisis tan detallado. Elegir una película para esta noche no requiere el mismo esfuerzo que cambiar de trabajo o comprar una vivienda. Se trata de dedicar a cada decisión el tiempo y la atención que merece, sin convertir cualquier elección en un problema interminable.
Y, sobre todo, de entender que tomar una buena decisión no significa garantizar que todo saldrá como esperabas. Significa valorar lo que sabes, elegir la alternativa que consideras más adecuada y estar dispuesto a revisar lo que sea necesario cuando conozcas los resultados.
¿Cuándo puede ayudarte la terapia?
Si tomar decisiones se ha convertido en una fuente constante de preocupación, dedicas demasiado tiempo a darle vueltas a las cosas o terminas dejando que otros decidan por ti, puede ser útil entender qué está haciendo que elegir te resulte tan difícil.
En Bliss Psicología, en mi consulta de Majadahonda o mediante terapia online, puedo ayudarte a identificar qué está influyendo en tus decisiones, por qué te cuesta confiar en tu propio criterio y trabajar contigo para que decidir no se convierta siempre en un problema.
Ana Saro.
Psicóloga General Sanitaria en Bliss Psicología
Consulta presencial en Majadahonda y terapia online.
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