—Oye, ¿al final llamaste a tu hermano? Dijiste que lo harías ayer.
—¡Es que no he tenido tiempo! ¡Llevo toda la semana sin parar! ¿Y tú? ¿Por qué no le llamas?
Una pregunta sencilla, sin más, pero tú ya estás explicando que llevas toda la semana trabajando, que siempre tienes que estar pendiente de todo y que la última vez fuiste tú quien llamó. Quizá solo querían saber si habías hablado con él. O quizá había un reproche escondido. Pero todavía no lo sabes y ya estás discutiendo.
Si te preguntas «¿por qué me pongo a la defensiva?», seguramente conoces esa reacción. Te hacen un comentario, saltas y, cuando más tarde repasas la conversación, te das cuenta de que ni siquiera escuchaste bien lo que te querían decir.
Cuando esto te ocurre con frecuencia, las discusiones pueden convertirse en algo habitual. Acabas cansándote de tener que defenderte constantemente y las personas que te rodean empiezan a medir lo que dicen para evitar otra pelea. ¿Por qué resulta tan difícil escuchar un comentario sin sentir que tienes que defenderte?
¿Por qué cualquier comentario me suena a crítica o a reproche?
Tu responsable revisa un informe y te dice: «Esta parte no se entiende bien». Antes de que pueda explicarse, tú ya estás contando que te pasaron los datos tarde, que faltaba información y que apenas tuviste tiempo para terminarlo.
Él ha señalado un párrafo que necesita una corrección; tú has entendido que está cuestionando tu capacidad para hacer el trabajo. Y no es lo mismo.
En Thanks for the Feedback, Douglas Stone y Sheila Heen distinguen, entre otras cosas, los comentarios que buscan ayudarnos a mejorar de aquellos que evalúan nuestro trabajo. Son cosas diferentes, aunque no siempre las recibamos así.
Cuando escuchamos una observación, completamos lo que falta con nuestras propias suposiciones. «Esto se puede hacer de otra manera» pasa a significar «nunca está conforme con lo que hago». Y respondemos a lo que hemos pensado, no a lo que nos han dicho.
Algunos comentarios contienen críticas muy claras. Pero si confundimos una petición concreta con una valoración general, acabamos defendiéndonos de algo que nadie estaba cuestionando. Y, además, podemos perder la oportunidad de corregir un error o aprender algo que nos habría resultado útil.
¿Por qué me pongo a la defensiva con algunas personas y con otras no?
Una compañera te dice que necesitas organizarte mejor y piensas que quizá tenga razón. Tu madre te dice lo mismo y contestas: «Ya estamos. Siempre tienes que decirme cómo hacer las cosas».
Es la misma frase, pero… es que con tu madre hay una historia que no tienes con tu compañera. Si lleva años cuestionando tus decisiones, su comentario puede sonarte a otra intromisión, aunque esta vez tenga algo de razón. Con tu compañera, que suele respetar tu criterio, no te importa que te haga la misma observación.
La forma, el momento y el lugar en el que te lo dicen también influyen. No es igual que te señalen un error a solas que delante de tus compañeros, ni que te pidan algo con respeto a que lo hagan con desprecio. Cuando una persona suele ridiculizarte o utiliza tus errores para desacreditarte, es lógico que desconfíes y te defiendas.
Algo que también te puede pasar en alguna de tus relaciones es que ambos lleguéis a la conversación con la respuesta preparada. Uno, convencido de que el otro nunca le hace caso, llega guerrero e insiste. El otro se defiende porque sabe que viene una nueva reprimenda. Al final ni siquiera importa lo que ha pasado: se discute como siempre, sin escucharse.
Cuando estas discusiones se repiten, la relación acaba deteriorándose. Uno siente que no puede decir nada sin provocar una pelea y el otro que cualquier cosa que hace es motivo de crítica. Cada vez resulta más difícil hablar del problema que tienen, porque ambos están pendientes de defenderse.
En estos casos, no basta con preguntarte por qué te cuesta aceptar las críticas. También importa cómo os tratáis y qué está pasando entre vosotros para que acabéis hablando de esa manera.
¿Por qué una crítica pequeña puede hacerme sentir tan mal?
Una amiga te dice que el otro día, cuando te contó un problema, cambiaste enseguida de tema. No te ha dicho que seas egoísta, pero llevas toda la tarde preguntándote si los demás también pensarán que solo te preocupas por tus cosas.
Te afecta especialmente porque siempre te has considerado alguien que está pendiente de las personas que quieres. Lo que te ha dicho te hace dudar de algo que siempre habías tenido claro: que eres una buena amiga.
Hay críticas que nos duelen especialmente porque cuestionan algo que valoramos mucho de nosotros mismos. Y nos cuesta distinguir entre haber tenido un comportamiento poco considerado y ser una persona desconsiderada.
Una observación sobre algo que hiciste termina haciéndote cuestionar cómo eres. Y por esa razón te defiendes en vez de escuchar lo que tu amiga quería contarte.
¿Por qué me justifico o contraataco antes de escuchar lo que me dicen?
—Ayer me interrumpiste varias veces delante de todos.
—Pero si yo no quería dejarte mal. Solo intentaba aclarar un dato.
Tú estás hablando de tus intenciones y la otra persona, de lo que vivió. Sabes que no querías humillarla, pero no estás respondiendo a lo que te está diciendo. Puede que tu intención fuera buena y que, aun así, le interrumpieras y le sentara mal.
Nos cuesta asumir esa observación porque pensamos que reconocer el efecto de nuestra conducta equivale a admitir que actuamos con mala intención. Y por esa razón nos defendemos explicando lo que pretendíamos hacer, en lugar de escuchar qué fue lo que molestó.
Otras veces directamente atacamos. «Ayer llegaste tarde y tuvimos que empezar sin ti». «¿Y tú, que la semana pasada me escribiste a las diez de la noche?». Quizá tengas razón al quejarte de esos mensajes fuera de horario, pero acabas de cambiar de tema. Ahora estáis discutiendo sobre lo que hizo la otra persona y no sobre tu retraso. Al final, ninguno de los dos asuntos se aclara y la conversación acaba convertida en un intercambio de reproches.
Stone y Heen llaman switchtracking a este cambio de asunto. La nueva queja puede ser legítima y merecer su propia conversación, pero utilizarla como respuesta deja sin resolver lo que la otra persona te estaba reclamando.
Y si esto ocurre cada vez que alguien intenta hablar contigo de algo que le ha molestado, esa persona puede acabar renunciando a hacerlo. Porque señalarte algo negativo siempre termina en otra discusión.
Justificarte en ese momento no es exactamente lo mismo que dar demasiadas explicaciones para evitar un posible reproche. Aquí no te adelantas al reproche: reaccionas a uno que acabas de escuchar.
¿Y si la crítica que me hacen es injusta?
«Nunca me ayudas en nada». Sabes que no es cierto: ayer dedicaste toda la tarde a ayudar a esa persona. Es comprensible que te moleste que borre de un plumazo todo lo que haces.
Pero una cosa es que ese «nunca» sea injusto y otra que no exista ningún motivo de queja. Quizá necesitaba ayuda en un momento concreto. O quizá esté molesta por otra cosa y te esté atribuyendo una responsabilidad que no es tuya. Antes de discutir quién tiene razón, necesitas aclarar de qué está hablando.
Escucharla no te obliga a aceptar ese «nunca». Puedes reconocer que se sintió sola en un momento determinado y rechazar que eso describa toda vuestra relación. Y también puedes concluir que está siendo injusta contigo.
Pero también hay críticas que no buscan aclarar nada. Si alguien aprovecha cualquier desacuerdo para insultarte, humillarte o enumerar tus defectos, no tienes por qué encontrar una enseñanza escondida en sus palabras. No eres Buda. Puedes exigir respeto, rechazar esa forma de hablarte o terminar la conversación. No todo se arregla escuchando; la otra persona también es responsable de cómo te trata.
¿Cómo puedo dejar de ponerme a la defensiva sin tener que callarme?
No necesitas tener la respuesta perfecta ni fingir que un comentario no te molesta. Lo importante es darte cuenta de cuándo estás preparando tu defensa sin haber entendido todavía qué te están reclamando.
Imagina que una compañera te dice: «Siempre me dejas el trabajo más pesado». Te sale contestar que eso es mentira y enumerar todas las veces que has asumido tú las tareas difíciles. Pero puedes preguntarle: «¿Hablas de lo que pasó ayer o crees que lo hago habitualmente?». Quizá haya un reparto concreto que revisar o quizá estés ante una acusación general con la que no estás de acuerdo.
Si alguien te dice que le molestó cómo le hablaste, pregúntale qué fue exactamente lo que le sentó mal. Después podrás explicarle qué pretendías decir sin utilizar tu intención para negar su queja.
Y si te señalan un error de una manera que te parece irrespetuosa, no hace falta escoger entre callarte y devolver el ataque. Puedes separar los asuntos: «Revisamos el error, pero prefiero que no me lo digas delante de todo el equipo». Puedes aceptar una corrección y, al mismo tiempo, cuestionar cómo te la han hecho.
Habrá días en los que saltes. Si te das cuenta en mitad de la discusión, también puedes parar y decir: «Espera, creo que te estoy contestando sin haberte entendido. ¿Qué es lo que te ha molestado?». Quizá la conversación siga siendo difícil, pero al menos podrás responder a lo que realmente estáis discutiendo.
Si llevas mucho tiempo reaccionando así, cambiarlo no consiste simplemente en contar hasta diez antes de contestar. Necesitas entender por qué determinados comentarios te hacen sentir que te están atacando, qué estás intentando defender y qué ocurre en tus relaciones cuando respondes de esa manera.
Ponerse a la defensiva constantemente puede convertir conversaciones cotidianas en discusiones, deteriorar la confianza y hacer que expresar una queja se vuelva cada vez más difícil para todos. Si reconoces que esto está ocurriendo en tus relaciones, en Bliss Psicología puedo ayudarte a comprender por qué reaccionas así y a cambiar esa forma de responder sin tener que renunciar a tu punto de vista.
Ana Saro
Psicóloga General Sanitaria en Bliss Psicología
Consulta presencial en Majadahonda y terapia online.
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