—Mi pareja dice que no le cuento nada.
Marcos tiene algo más de cuarenta años. Viene especialmente descolocado, porque no entiende muy bien la petición de su pareja, aunque durante la conversación tengo que decir que reconoció bastante pronto que algo de razón podía tener.
—Dice que nunca sabe qué me pasa. Si estoy preocupado, si algo me ha sentado mal, si tengo un problema… muchas veces se entera cuando ya ha pasado y por terceras personas o porque hago un comentario sin más.
—¿Y es así?
—Pensándolo bien… sí. Bastante.
Lo que de verdad le hizo darle vueltas a esta idea fue que, después de una de esas conversaciones, empezó a pensar si en realidad le contaba sus cosas a alguien.
—Y me di cuenta de que tampoco hablo con mis amigos o con mis padres y hermanas. Bueno, hablar sí hablo. Muchísimo. Pero de estas cosas, no.
Marcos estaba rodeado de relaciones. Quedaba con amigos, se escribía con ellos, hablaba con sus compañeros de trabajo, sabía quién estaba preocupado por sus hijos y quién tenía problemas con su jefe. Todas las semanas comía con su familia para ponerse al día de lo que ocurría en sus vidas.
Pero ellos no sabían de sus problemas ni de cómo los estaba llevando.
—¿Y tú cómo te encuentras? ¿Hay algo que te esté preocupando últimamente?
Marcos tardó en contestar.
—No sé.
Se quedó un momento pensando.
—La verdad es que hace tiempo que no estoy muy bien. Tengo como una bola aquí.
Se señaló el pecho.
—¿Una bola?
—Sí. No sé explicarlo mejor.
Esa bola no era la primera que había visto en consulta. Y muchas veces me había llevado a algo más amplio, más profundo. Como en este caso:
¿Cuánto tiempo hace que Marcos no le cuenta a nadie cómo está de verdad?
Puedes hablar mucho y contar muy poco de ti
Marcos no era una persona callada. De hecho, durante las sesiones hablaba bastante. Contaba cosas del trabajo, de su vida, de su pareja y amigos. Mucho exterior y poco interior.
—Si un amigo me cuenta un problema, yo le escucho. Y le pregunto y todo.
—¿Y cuando el problema es tuyo?
Se quedó pensando.
—Pues no sé. Normalmente me lo quedo yo.
Hablar mucho no significa necesariamente hablar de ti.
Por ejemplo, puedes contar que tu jefe te ha llamado para hablar contigo y no decir que llevas dos días preocupado por esa conversación. Puedes explicar una discusión con alguien y no contar que te dolió lo que te dijo. O puedes contar una noticia importante como si fuera una anécdota y dejar fuera que llevas semanas dándole vueltas.
A veces ni siquiera eres consciente de que lo haces. Has hablado. Has contado lo ocurrido. Incluso puedes tener la sensación de que has explicado bastante.
Pero la otra persona sigue sin saber qué te preocupa, qué te ha afectado o qué necesitas.
Por eso te puedes encontrar con la situación de que alguien cercano te diga que «nunca me cuentas nada» y tú pensar, sinceramente, que no es verdad.
Porque sí cuentas cosas.
Lo que quizá te callas es qué significan para ti.
Ser reservado no es lo mismo que querer hablar y no poder
No contar determinadas cosas de tu vida no tiene por qué ser un problema.
Puedes ser una persona reservada, necesitar mucho tiempo antes de confiar en alguien o preferir que algunas partes de tu vida sean solo tuyas. No tienes ninguna obligación de explicar lo que piensas, lo que sientes o lo que te ocurre simplemente porque alguien quiera saberlo.
Con Marcos no pasaba eso.
—¿Tú quieres contarle estas cosas a tu pareja?
—Sí. Bueno… algunas sí.
—¿Y qué pasa cuando intentas hacerlo?
Se quedó pensando otra vez.
—Que no sé cómo empezar.
No estaba diciendo «esto es privado y prefiero no hablar de ello». Quería que su pareja entendiera mejor cómo estaba. Pero cuando intentaba contárselo, muchas veces no conseguía hacerlo.
Esta diferencia es muy importante. Puedes decidir no contar un problema porque no quieres compartirlo con esa persona. Eso es una elección.
Pero cuando te pasas días pensando que te gustaría hablar con alguien, ensayas incluso lo que vas a decir y, cuando llega el momento, respondes «nada, estoy bien». Eso es una dificultad.
Igual que cuando empiezas una conversación y la abandonas a mitad:
—Da igual.
—No es para tanto.
—Ya te lo contaré.
—No sé cómo explicarlo.
Y entender esto es importante, porque el objetivo no es convertirte en alguien que lo cuenta todo. Es que te puedas guardar lo que quieres mantener privado y, al mismo tiempo, que tengas la opción de contarlo cuando quieres que otra persona sepa lo que te pasa.
¿Por qué no sé qué me pasa ni cómo decirlo?
Volvamos a la bola de Marcos.
—Si tuvieras que ponerle alguna palabra a esa bola, ¿qué dirías?
—No sé. Agobio, supongo.
—¿Y qué te agobia?
Otra pausa.
—Es que no sé si es agobio.
No siempre sentimos primero una emoción, la identificamos perfectamente, y después buscamos la palabra que le corresponde. A veces lo primero que notas es justo algo parecido a lo que describía Marcos: presión, nervios, tensión, ganas de salir de una situación, una sensación desagradable en el cuerpo o simplemente que llevas unos días «raro».
La investigación sobre diferenciación emocional estudia precisamente hasta qué punto somos capaces de distinguir con cierta precisión lo que estamos sintiendo. No es lo mismo saber únicamente que te encuentras mal que poder distinguir si estás preocupado, decepcionado, enfadado, avergonzado, triste o varias cosas a la vez. Y tampoco todas las personas tenemos la misma facilidad para hacerlo.
Pero identificar lo que sientes y saber contarlo son dos procesos distintos.
Puedes tener bastante claro que estás preocupado porque las cosas no van bien en el trabajo y quedarte bloqueado cuando intentas explicárselo a alguien. Puedes saber que algo que ocurrió con un amigo te dolió y no encontrar una forma de decirlo que se parezca a lo que tienes en la cabeza. O puedes empezar a hablar y darte cuenta de que para explicar una cosa necesitas contar otras cinco, retroceder varios meses y ordenar pensamientos que hasta ese momento solo habías tenido para ti.
En Marcos se daba un poco de todo.
Había momentos en los que ni siquiera sabía muy bien qué había dentro de aquella bola. Y otros en los que sí podía reconocer alguna preocupación concreta, pero le costaba convertir lo que pensaba en algo que pudiera decir en voz alta.
Esto no significa necesariamente que tengas alexitimia: dificultad para identificar sentimientos y dificultad para describirlos. Es cierto que se estudia, entre otros contextos, dentro de ese constructo, pero tener problemas para saber qué sientes o para encontrar palabras en determinadas situaciones no basta para pensar que la tengas.
Entonces, ¿por dónde empiezas cuando lo único que sabes decir es «tengo una bola en el pecho»?
Precisamente por ahí.
No necesitas encontrar de golpe la palabra perfecta ni entender completamente lo que te ocurre antes de empezar a hablar. Puedes intentar acercarte un poco más: cuándo notas más esa sensación, qué estaba pasando cuando empezó, qué cosas te vienen a la cabeza cuando la notas o qué palabras se aproximan más a lo que sientes, aunque ninguna termine de encajar del todo.
Y para poder hacer este ejercicio ayuda empezar a prestar un poco más de atención a lo que piensas y a lo que notas. No siempre vas a entenderlo en el momento, pero puede resultarte más fácil reconocer algunas señales antes de que todo termine resumido en «tengo una bola en el pecho».
Esto tiene sentido también desde lo que sabemos sobre el lenguaje emocional. En un estudio experimental con 120 participantes, aprender más sobre distintos conceptos emocionales mejoró posteriormente su capacidad para diferenciar emociones negativas.
No se trata de aprenderte una lista de emociones como si hubiera que aprobar un examen. Se trata de disponer de más posibilidades cuando «bien», «mal», «raro» o «agobiado» se quedan pequeños para explicar lo que te está pasando.
Poner palabras a una experiencia emocional también puede modificar la forma en que la procesamos. Los estudios sobre affect labeling —poner nombre a lo que sentimos— han encontrado efectos sobre la respuesta emocional, aunque esto no significa que nombrar una emoción vaya a resolver por sí solo aquello que la está provocando.
A Marcos no le hacía falta descubrir inmediatamente qué significaba aquella bola.
Pero al empezar a entender que algo le estaba pasando, encontró una frase que sí podía decir.
—No sé muy bien qué me pasa, pero sé que llevo tiempo sin estar bien.
Eso ya era expresar bastante más de lo que lo había hecho hasta entonces.
Si sé lo que me pasa, ¿por qué no lo cuento?
En las siguientes sesiones Marcos empezó a poner nombre a algunas cosas. La bola ya no era solo una bola. Había preocupación por el trabajo, cansancio, algunas cosas de su familia que llevaba tiempo sintiendo que le molestaban y una sensación bastante incómoda de que últimamente todo le estaba costando más.
Pero que se entendiera un poco mejor no hizo que automáticamente empezara a contarlo.
—Ayer estuve a punto de hablar con mi pareja.
—¿Y qué pasó?
—Nada. Le di muchas vueltas a cómo empezar… pero no encontré las palabras. ¿Cuál es el principio? Me atoro, Ana. ¿De verdad tengo que preocuparla con estas cosas? ¿Qué pensará de mí, de mi familia?
Marcos ya comprendía algunas cosas que unos días antes no sabía explicar. Ahora, además, tenía que decidir cuánto quería contar y qué podía pasar si lo hacía.
Cuando contamos algo personal no pensamos únicamente en lo que queremos decir. También pensamos en las consecuencias que puede tener hacerlo.
¿Va a preocuparse? ¿Pensará que estoy exagerando? ¿Me va a hacer preguntas que no sé responder? ¿Va a intentar solucionármelo? ¿Cambiará la forma en que me ve? ¿Merece realmente la pena contar todo esto?
La investigación sobre autorrevelación lleva tiempo estudiando precisamente este tipo de decisiones. Cuando valoramos si contar algo, no solo importa que tengamos ganas de hacerlo. También influye para qué queremos contarlo y qué riesgo creemos que tiene hacerlo.
Pensar «no quiero preocupar», «tampoco es para tanto» o «ya tiene bastante con lo suyo» puede parecer una forma de consideración hacia la otra persona, pero… ¿miramos un poco más?
—¿Tu pareja te ha dicho que no quiere que le cuentes tus problemas?
—No. Todo lo contrario.
—Entonces, ¿quién ha decidido que vas a preocuparla demasiado?
Marcos sonrió.
—Yo.
Como te dije antes, no estoy diciendo que siempre debas contar lo que te ocurre. Pero ¿no será que llevas tanto tiempo resolviendo por ti mismo las cosas, no contando con otras opiniones, que acabas decidiendo también por los demás?
Das por hecho que vas a molestar. Que tu problema es pequeño. Que contar cómo estás es cargar a alguien con algo que te corresponde resolver a ti.
Y mientras decides una y otra vez que «no merece la pena», a las personas que tienes cerca les quitas la posibilidad de elegir qué quieren hacer con lo que les cuentes: escucharte, ofrecerte apoyo, preguntarte algo o simplemente saber que no estás bien.
Además cuando la situación o el problema se había resuelto, Marcos no tenía ningún problema en contarlo.
—Eso sí. Cuando ya está solucionado, lo cuento sin problema.
Y tiene cierta lógica. Cuando ya está solucionado, sabes cómo acabó la historia. Puedes centrarte en los hechos y ahorrarte contar todo el proceso emocional mientras lo estabas sufriendo.
Y todavía es más fácil contar la historia sin tener que explicar cómo fue vivirla mientras todavía no sabías qué iba a pasar.
Si te reconoces en esto, puede ser útil detenerte antes del «bah, da igual» y preguntarte algo bastante sencillo:
¿De verdad no quiero contarlo o estoy buscando excusas para no hacerlo?
¿Por qué te importa lo que pasa después de contar algo?
En una de las sesiones le pregunté a Marcos qué había pasado otras veces cuando sí había contado algo importante.
Al principio no parecía acordarse de nada especial.
—No sé. Normal.
—¿Normal cómo?
Pensó un momento.
—Mi padre siempre me dice lo que tengo que hacer. Mi madre se preocupa muchísimo. Y con algunos amigos… no sé, haces un comentario y enseguida te cuentan algo que les pasó a ellos.
No eran grandes traiciones ni experiencias terribles. Pero tampoco parecía que muchas de esas conversaciones le hubieran dejado con ganas de volver a intentarlo.
Porque contar algo personal no termina cuando tú dejas de hablar. Después está cómo se comporta la otra persona cuando te abres.
Puede escucharte y preguntarte qué necesitas. Puede intentar entenderte aunque no sepa muy bien qué decir. Pero también puede quitarle importancia, darte una solución cuando tú necesitas solo un desahogo, hacerte un interrogatorio, contárselo a otras personas, aprovechar lo que acabas de decir para hablar durante media hora de sí misma o utilizar esa información cuando tengáis un desencuentro.
Y todo eso también puede hacer que empieces a callarte cosas.
La investigación sobre intimidad y autorrevelación lleva años señalando que compartir algo personal no explica por sí solo que una conversación nos haga sentir más cerca de alguien. También importa que percibamos que la otra persona nos ha entendido, que le importa lo que le hemos contado y que responde de una manera que tiene sentido para nosotros.
Por eso puedes tener más facilidad para hablar con una persona y cerrarte mucho más con otra. Y por eso otras veces incluso puedes arrepentirte de haber hablado.
—¿Te ha pasado alguna vez?
—Sí. Contar algo y luego pensar: «¿para qué habré dicho nada?».
Ese arrepentimiento no significa que hayas hablado de más. Simplemente no te gustó qué pasó después de contarlo.
Y si determinadas experiencias se repiten, es bastante comprensible que empieces a seleccionar mucho más qué dices, a quién y hasta dónde llegas.
Con esto no quiero decir que todos tus silencios se expliquen por cómo han reaccionado los demás. Marcos ya había visto que una parte de su dificultad era suya: le costaba entender algunas cosas, ponerlas en palabras y decidirse a compartirlas.
Pero también era importante su experiencia al abrirse con los demás. Por eso, para entender por qué te cuesta contar lo que te pasa, podrías preguntarte:
¿Qué suele ocurrir cuando lo hago?
¿Qué pasa cuando nadie sabe realmente cómo estás?
Marcos tenía amigos, familia y pareja. No estaba solo.
Pero llevaba meses encontrándose mal y prácticamente nadie lo sabía.
—Supongo que por eso mi pareja dice que no sabe nada de mí.
—Puede ser. ¿Tú sientes que te conoce?
Se quedó pensando.
—Sí… pero igual no tanto como yo creía.
Puedes tener relaciones cercanas y, aun así, no dejar que te conozcan en profundidad.
Sí, los demás saben lo que haces, tus planes, tus opiniones o cosas que te han pasado, pero rara vez se enteran de lo que te puede llegar a preocupar, o de lo que hacen y que a ti te duele, o de cuándo no estás bien… te complica mucho el recibir apoyo o comprensión. Muchas veces no saben que lo necesitas.
Y con el tiempo puedes sentir que aunque tienes a tu gente, te sientes solo.
A tu pareja, esto también puede generarle bastante desconcierto. Puede notar que algo ocurre, pero no saber qué es, interpretar tu silencio como distancia o llenar por su cuenta los huecos que tú dejas.
Marcos había llegado a consulta intentando entender por qué su pareja le pedía que se comunicara más. Y estaba descubriendo cuánto permitía a las personas de su vida que supieran algo de él.
No se trata de contarlo todo
Marcos necesitaba poder encontrar las palabras, poder distinguir cuándo quería guardar algo para sí mismo y cuándo estaba callando algo que en realidad sí quería contar.
—Entonces, ¿ahora tengo que empezar a contarle todo a mi pareja?
—No. Pero quizá puedes empezar por no decir que estás bien cuando sabes que no lo estás.
Se quedó pensando.
—Eso igual sí puedo hacerlo.
A veces este es el primer paso.
Puede ser simplemente decir:
«Hoy no estoy muy bien.»
«Hay algo que me preocupa, pero todavía no sé cómo explicarlo.»
«Quiero contarte una cosa, pero me cuesta empezar.»
«No necesito que hagas nada. Solo quería que lo supieras.»
Decir algo así abre una posibilidad que antes no tenías: que el silencio no sea siempre tu única opción.
Si te cuesta hablar de lo que te pasa hasta el punto de sentirte solo, de generar problemas en tus relaciones o de impedirte pedir apoyo cuando lo necesitas, puede tener sentido trabajarlo en terapia.
Para que, cuando quieras que alguien sepa cómo estás, puedas encontrar tu voz.
Si te reconoces en esta dificultad y quieres trabajarla, puedo ayudarte en consulta presencial en Majadahonda o en terapia online.
Ana Saro.
Psicóloga General Sanitaria en Bliss Psicología
Consulta presencial en Majadahonda y terapia online.
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Instagram: @blisspsicologia
